Tele-programados

Se podría decir que nuestra única libertad consiste en elegir el canal y el programa de televisión que queremos ver. Pero esta afirmación es excesivamente generosa porque incluso esa elección está tele-programada.

Nuestros gustos musicales, nuestras aficiones, nuestros pensamientos, nuestra manera de ver las cosas, las novelas que leemos, las noticias de la prensa escrita, de la hablada y de la visualizada, las películas a las que tenemos acceso, el color de las paredes de nuestra casa, los adornos del mueble bar, lo políticamente correcto, nuestros conceptos de bien y de mal… todo es fruto de una programación a distancia, es decir, de una tele-programación. Estamos tele-programados. Vivimos dentro de MATRIX. Y lo que es peor: no nos damos cuenta. Es más, creemos que somos libres. Creemos que podemos elegir ser lo que queremos ser. Soñamos despiertos.

Estoy de acuerdo que las democracias aparentes de Occidente son la forma de gobierno menos mala, si las comparamos con la dominación descarnada y cruel de las dictaduras tradicionales. Pero de ahí a creer que estas democracias son el imperio de la libertad hay un trecho demasiado grande.

Las democracias occidentales son la nueva piel del viejo lobo de siempre que viste actualmente el Gran Capital, no porque el Gran Capital se haya convertido a la democracia, sino porque se ha dado cuenta que en los sistemas democráticos se puede ordeñar más y mejor a los corderos de siempre. Digamos que las democracias son más rentables: la gente produce más porque se la programa para consumir más. En las democracias actuales se ha racionalizado y optimizado la producción de bienes (menor esfuerzo, mayor ganancia) al mismo tiempo que el consumo se ha vuelto completamente irracional (mayores ventas, mayores ganancias). No importa que gran parte de lo que se produce y se consume no sirva para nada, siempre y cuando genere beneficios. No importa que nos estemos cargando el medio natural que sustenta la vida, siempre y cuando se produzca enriquecimiento a corto plazo. No importa que no se te permita ninguna otra vida alternativa, siempre y cuando los tele-programadores te hagan creer que eres libre de decidir.

En la película “El show de Truman” el protagonista consiguió escapar del decorado artificial y alcanzar la verdadera libertad. ¿Podremos hacer nosotros lo mismo? ¿Queremos hacerlo?

Dokushô Villalba

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