La zorra y el monje zen

¿No te he contado el cuento de la zorra y el monje zen?

Ven, siéntate aquí un ratito…

Había una vez un monje zen que vivía en un bosque en medio de montañas azules. No, en un lejano país de Asia, no. Aquí cerquita. En España, Comunidad Valencia, Requena.

Un día como otro cualquiera, el monje salió a no trabajar en el jardín que cultivaba con paciencia y cariño, como si todo creciese solo. Trabajaba sin moverse, dejando que sus manos fueran guiadas por los rayos de sol que se filtraban a través de las enormes ramas de los pinos centenarios. El suelo mullido, con esa mezcla de tierra y hoja de pino oloroso, chasqueaba suavemente a su paso quieto.

Pasó un soplo de viento y el monje se sentó, como otras veces, en su sitio habitual, que unas veces era aquí, y otras veces allá, pero siempre en el mismo sitio, aunque fuera distinto. Ya te conté que los monjes zen siempre están donde están, aunque no estén donde están.

Una nube en el cielo, pequeña pero curiosa, observaba colgada en el silencio como si solo fuera una nube.

El monje, por fin, conmovido ante la naturaleza en plena naturaleza, iba a tomar todo el aire del bosque con un suspiro cetáceo cuando, para su sorpresa, pudo ver cómo cruzaba entre las flores una pequeña zorrita, que olfateaba con infinita precaución el bosque ordenado.

No dijo ni hola, ni nada, olfateó aquí y allá como buscando su sitio, como si hubiera perdido algo, -¿dónde lo habré puesto?, parecía decir- mientras miraba de reojo al monje, y desapareció como un zorro, dejando su cola en la retina y una sonrisa con perilla a la hora de dormir.

De tarde en tarde la zorrita volvía al bosque ordenado a buscar eso que no recordaba dónde lo había dejado. Tenía que estar por allí, por algún sitio, no había duda. Y siempre se encontraba el monje en el mismo sitio, aunque fuera otro distinto, sentado en el centro.

Pasaron los días, las semanas y los meses… y ¿sabes qué pasó?. Claro que lo sabes… ya te lo he contado: finalmente la zorra encontró lo que no sabía que buscaba: al monje; y el monje encontró lo que no sabía que buscaba: la zorra. Y así se hicieron muy amigos.

Hoy siguen viviendo allí en el bosque verde entre montañas azules. Su casa siempre está llena de amigos. Todos celebran haber encontrado lo que el otro no sabía que andaba buscando. A fin de cuentas ya sabes que uno enseña mejor lo que más necesita aprender.

Pues claro que tienen nombres, no te creas que me he lo he inventado. Ella se llama Mari Bel. No te rías que es verdad… Y él, bueno, le conocen por muchos nombres. Últimamente se hace llamar Wakô.

Texto, banda sonora y montaje: César CK

Fotografías y videos: Wakô Dokushô Villalba.

Comparte esto:

1 Comment La zorra y el monje zen

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

2 × tres =