La necesidad de acción colectiva

La Humanidad avanza hacia el Despertar como un río en el que las olas de las existencias individuales aparecen y desaparecen para dar pasos a nuevas olas individuales. Nuestra individualidad carece de sentido fuera de la Humanidad de la que formamos parte y que hace que seamos lo que somos. Nuestra actual existencia individual tiene como cimientos la infinidad de generaciones que nos han precedido y las incontables que nos sucederán. Nadie es nadie por sí mismo. Como escribió el poeta Gabriel Celaya:

“Vivimos unos por otros, unos con otros, todos para un conjunto que se nos escapa entre los dedos cuando cerramos la mano tratando de apresarlo; nadie para sí mismo, pues que, cuando se mete en su soledad, se siente más que nunca habitado por presencias que son suyas, mas no son él. ¿Hay que denunciarlo? El yo no existe. El yo es un encantamiento: un aparato fácilmente manejable al que todos nuestros muertos recurren para ser de algún modo; un sistema tan milagrosa y provisionalmente oscilante que un cambio atmosférico, una palabra que nos dicen en voz baja, una emoción, una droga —quizá una película de actualidad, seguramente mala, pero siempre impresionante— alteran hasta extremos imprevisibles. Y, sin embargo, aunque uno no es nada, debe responder de todo: del mundo entero y de todos los hombres secreta o patentemente latentes que fueron y han de venir, son ya en nosotros coleando o germinando. Porque todo —lo vivo y lo muerto, lo animado y lo inanimado, lo alto y lo bajo, lo futuro o fuera del tiempo y lo preciosamente efímero expuesto como un escándalo en los escaparates de lo instantáneo— está buscando en cada uno de nosotros su salvación, y está así haciéndonos ser como somos más de lo que sabemos, ser anteriores a nuestra historia y a nuestra conciencia, ser sin consecuencia previsible lo que cambiando hace como que se repite, pero es una invención permanente, ser por archiviejos o archinuevos más allá de nosotros mismos. Nuestras palabras y nuestros gestos, por minúsculos que parezcan, provocan alteraciones irrevocables en el curso general de lo existente”.[1]

Un dicho lakota afirma que antes de tomar una decisión debemos reflexionar si sus consecuencias serán beneficiosas para las siete generaciones que nos han precedido y para las siete siguiente que nos sucederán.

El hecho de que la práctica del Zen sea un camino de transformación individual, cuya responsabilidad recae en cada individuo, no quiere decir que los individuos no deban emprender acciones colectivas tendentes a plasmar en la realidad cotidiana una nueva percepción de la realidad. Cualquier experiencia religiosa o espiritual individual verdadera tiene necesariamente una repercusión colectiva, por el hecho de que las experiencias espirituales internas se convierten en una nueva forma de vivir la vida cotidiana.

Aunque las instituciones convencionales de los Estados y los gobiernos de casi todo el mundo están traicionando a sus ciudadanos, a la naturaleza y la historia misma de la Humanidad con su rendición incondicional a la religión del mercado, son cada vez más los individuos que se asocian en nuevos colectivos y que levantan la voz afirmando que “otro mundo es posible”.

La religión del mercado, a través de sus diversos ministerios de narcotización, pretende mantener a la población en una ensoñación ilusoria permanente, en un estado de pasividad en el que sea fácil el ordeñamiento masivo. El show bussiness, a parte de ser un negocio, responde a una política de alienación y de narcotización. ¡Hasta a los pollos se les pone música para que produzcan más y no sientan el estrés asociado a sus condiciones de vida! La industria del entretenimiento es la industria de la hipnosis colectiva que trata de impedir cualquier destello de reflexión, de conciencia, de despertar, de contestación y de militancia contraria al sistema del mercado.

Tenemos que salir de esta inercia pasiva. Tenemos que abrir los ojos y mirar de frente el mundo real, no el que nos presenta la industria del entretenimiento. Tenemos que desenchufarnos de los tubos que nos mantienen atados a esta Matrix y, aunque corramos el riesgo de conocer las cloacas del sistema, tenemos que armarnos de valor y canalizar nuestra iniciativa individual en una iniciativa colectiva.

Como ha dicho Daniel Miller: “Hoy en día, no es la transformación de la conciencia del proletariado lo que va a liberar al mundo sino la conciencia del consumidor”.[2]

Para terminar, de nuevo Gabriel Celaya:

“Repitámoslo. Recémoslo: nadie es nadie. Busquemos nuestra salvación en la obra común. Pesemos nuestra responsabilidad. Sintamos cómo al replegamos sobre nosotros mismos nuestra inanidad nos angustia, y cómo al entregamos, al ser para los otros, al ser en los otros y al participar a compás en la edificación general del futuro, el corazón se nos ensancha, el pulso nos trabaja, la vida canta y somos por fin, a todo voltaje, hombres enteros y verdaderos. Salvémonos así, aquí, ahora mismo, en la acción que nos conjunta. No seamos poetas que aúllan como perros solitarios en la noche del crimen. Carguemos con el fardo y echémonos animosamente a los caminos matinales que ilumina la esperanza. Cantemos para todos los que, aún humillados, aún martirizados, sienten la elevadora y combativa confianza propia de los plena, hermosa, tremenda y casi ferozmente vivos. No vayamos hacia los demás para hablarles de nuestra peculiaridad. Abandonemos la miserable tentación de hacer perdurable nuestro ser ensimismado. Seamos como esos poetas —los grandes, los únicos, los universales— que en lugar de hablarnos desde fuera, como en un confesionario, hablan en nosotros, hablan por nosotros, hablan como si fuéramos nosotros y provocan esa identificación de nosotros con ellos, o de ellos con nosotros, que certifica su autenticidad. Sintamos como nuestro cuanto hay en nuestro contorno y llevemos a conciencia con la luz de nuestros versos esa palpitación oscura. Demos de comer al hambriento. Demos de beber al sediento. Demos al sofocado, palabras de expansión y de promesa. Anunciemos la buena nueva, mas no como quien con un superficial optimismo, halagado quizá por circunstancias personalmente favorables, se evade de la apremiante circunstancia, sino como quien, varón de dolores, haciendo suyo cuanto pesa sobre el ser cualquiera, descubre más allá el gozo que pone en llamas las limitaciones del hombre remetido en sí mismo. Démonos a los demás para ser quienes de verdad somos. Demos, al darnos, la paz y la esperanza. Demos la luz que con el amanecer se desliza como un oro regalado por debajo de las puertas más humildes”.[3]

[1] Gabriel Celaya, Paz y Concierto, (1953), recopilado en Gabriel Celaya, Poesías Completas I, pp. 585-592; edición de José Ángel Ascunce, Antonio Chicharro, Juan Manuel Díaz de Guereñu y Jesús María Lasagabaster; Colección Visor de Poesía, editorial Visor Libros, Madrid, 2001.
[2] Daniel Miller, ed., Acknowledging Consumption: A Review of New Studies (London: Routledge, 1995), p. 19.
[3] Op. cit.

De “Zen en la plaza del mercado“,
Dokushô Villalba,
Editorial Kairós

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