Hacia una economía global de la felicidad

El Budismo Zen no es una teoría económica ni política, en el sentido tradicional de ambos términos. Es sobretodo un camino de despertar de la conciencia y de transformación individual, una forma de vida que busca la armonía consigo mismo y con las relaciones que sustentan nuestra existencia individual, tanto humanas como con todos los elementos que conforman la vida.  Pero dado que la sociedad está formada por individuos, la transformación de millones de individuos se convierte inevitablemente en transformación social.

El budismo zen es una economía existencial que apunta a una estado de felicidad global.

Una economía de la felicidad global como la que propone el budismo zen no es sólo posible sino urgentemente necesaria.

¿En qué medida y cómo podría la enseñanza del Buda inspirarnos para comprender el laberinto actual y para encontrar una salida?

La enseñanza del Buda como inspiración.

Retomemos la enseñanza del Buda contenida en las Cuatro Nobles Verdades.

  1. La Verdad la angustia-ansiedad-aflicción (dukkha).

En primer lugar necesitamos tomar conciencia de la realidad de nuestra propia angustia-ansiedad-malestar. Necesitamos darnos cuenta del estado de aflicción existencial que padecemos individualmente y que viene dado principalmente por el sentimiento de carencia, esa especie de abismo interior que despierta el terror irracional a disolvernos en el vacío.

Aunque, como seres humanos tenemos que trabajar para satisfacer nuestras necesidades materiales, es urgente que tomemos conciencia del hecho que la mera satisfacción de las necesidades materiales no nos protege contra el sentimiento de carencia. Y que este sentimiento no puede ser resuelto por el consumo compulsivo de bienes y servicios.

Si no diagnosticamos adecuadamente nuestro malestar, no podemos encontrar ni seguir un tratamiento adecuado. El tratamiento -la forma de vida- que nos proponen las sociedades basadas en la economía de mercado es erróneo y, por ello, la religión del mercado es una religión demoníaca, en el sentido de que no proporciona la felicidad -o la ‘salvación’- que promete.

Y, aún en el caso de que los habitantes de los países ricos pudiéramos hallar un verdadero estado de felicidad siguiendo las directrices del mercado, tenemos que reconocer que esa supuesta felicidad tiene un precio excesivamente alto e injusto: el dolor y el sufrimiento de las tres cuartas partes de la humanidad y la destrucción de la naturaleza.

Más allá de la angustia que padecen los habitantes de los países ricos, a pesar de su riqueza, está el crudo dolor y sufrimiento de los que mueren por no tener acceso al agua potable, o de hambre, o de enfermedades infecciosas que son fácilmente curables en los países ricos, o de los que sobreviven con menos de un euro, de los millones que siguen viviendo por debajo del umbral de pobreza.

La angustia, el dolor y el sufrimiento existen en este mundo, en este siglo XXI. Este no es el mundo feliz que nos pintan los anuncios publicitarios. Este no es el bienestar universal.

¿Cuáles son las causas de esta situación?

Como expuse en el primer capítulo, muchas formas de sufrimiento son inherentes a la existencia humana y se han dado en el pasado, se dan en el presente y se darán en el futuro, sean cuales sean las condiciones sociales, económicas y medioambientales. Son inevitables. Ante estas experiencias de dolor inevitable, la única salida es la aceptación de que el dolor forma parte integrante de nuestra existencia de la misma forma que el placer. Pero otras formas de sufrimiento son generadas por la estupidez o la ignorancia humanas, es decir, son evitables. Como reza una de las frases de Alcohólicos Anónimos, necesitamos “serenidad para aceptar las situaciones que no se pueden cambiar, fortaleza para transformar aquellas que se pueden transformar y discernimiento para distinguir unas de otras”.

  1. La Verdad de la causa de la aflicción.

Gran parte de nuestra angustia-ansiedad-malestar viene dad por nuestra falta de discernimiento, es decir, por el estado de ignorancia, de pereza, en el que se haya nuestra mente.

Debido a la falta de discernimiento confundimos el malestar inevitable con el evitable. Todos los esfuerzos que hacemos para evitar lo inevitable son inútiles, contraproducentes y finalmente causas de mayor dolor. Por ejemplo, la realidad de la muerte. ¿La muerte es evitable o inevitable? ¡Es inevitable! Sin embargo, ¡cuántos esfuerzos hacemos para negarla! ¡Con qué ansias nos construimos y nos aferramos a símbolos de inmortalidad que nos proporcionen una falsa ilusión de perpetuidad! La acumulación de bienes materiales, la producción-consumo irracional, el crecimiento económico ilimitado, el PIB, el IPC se han convertido en los nuevos mitos, en los nuevos símbolos de inmortalidad. Y tratando de evitar lo inevitable estamos alimentando una forma de vida que sólo conduce a una angustia mayor, a un sufrimiento generalizado.

Por el contrario, nos invade la pereza y nos falta el discernimiento para darnos cuenta de que muchos males de nuestra época son evitables puesto que surgen sólo de la ignorancia humana. La economía de mercado, por ejemplo, no es el orden natural del mundo, sino una ideología transformada en sistema político y económico. Puesto que esta ideología y este sistema han surgido de la mente humana, la mente humana tiene el poder de cambiarlos, de transformarlos, de abandonarlos.

Si la ignorancia humana se manifiesta en forma de pensamiento dualista, podemos identificar esta forma de pensamiento, darnos cuenta de sus límites y superarla. La primera dualidad a superar es una de las más profundas: el ‘yo’ opuesto al ‘otro’ o a lo ‘otro’.

Si bien la consolidación de un cierto sentido de identidad es psicológicamente necesario en la primera infancia, debemos favorecer la evolución psicológica que nos permita trascender esta dualidad cartesiana. El sistema lógico propio del zen se articula alrededor de los conceptos de identidad/diferencia hasta trascenderlos integrándolos en una realidad más amplia y compleja. El maestro zen Tôzan Ryokai fue el primero que articuló este sistema lógico en la China del siglo IX. Se basa en cinco postulados:

  1. A es A, yo soy yo (principio de identidad diferenciada).
  2. B es B, tú eres tú (principio de diferencia identitaria).
  3. A es B, yo soy tú (principio de igualdad indiferenciada).
  4. B es A, tú eres yo (principio de igualdad indiferenciada).
  5. Los cuatro principios anteriores son ciertos y reales al mismo tiempo (yo soy yo, tú eres tú, yo soy tú y tú eres yo, al mismo tiempo).

En pocas palabras, la realidad es diversa en su unidad. La unidad esencial adopta formas diversas que son esencialmente idénticas. Esto es, yo no puedo ser una isla feliz en medio de un mar de tristeza y aflicción. Mi bien es el bien de los demás. El bien de los demás es mi bien. Trabajar por la felicidad quiere decir trabajar por mi felicidad y por la de todos los seres vivientes, de lo contrario yo mismo no podré alcanzar ese estado de felicidad.

Si la ignorancia humana se manifiesta en forma de negación de la transitoriedad de los seres y de las cosas del mundo, tenemos la obligación moral de darnos cuenta de ello y de adaptar nuestra percepción y nuestra forma de vida a la realidad de la transitoriedad. Esto es, nada es para siempre. Nuestra propia existencia individual es una gota de agua, una ola en la superficie del océano de la vida cósmica. Todos nuestros estados emocionales son transitorios. Ni el bien ni el mal duran eternamente. El placer permanece el tiempo de un suspiro. También el dolor. Somos viajeros en tránsito. No hemos venido a este Planeta para quedarnos. ¿Cuánto puede durar nuestra vida? ¿Setenta, ochenta, cien años? ¿Qué sentido tiene pues aferrarse al yo, a los demás, a los objetos, a las sensaciones, al place, al dolor, a la riqueza, a la fama, al poder? ¿Qué poder tiene el cadáver del que fue el hombre más poderoso del mundo? Esta es la razón por la que vivir no es tener, sino ser. Y ser es ser siendo, ser fluyendo, ser en continua transformación, ser sin forma fija. El estado de ser es un río de agua que fluye sin detenerse hasta desembocar en el océano de la nada.

La muerte es el fin del yo auto imagen, de la individualidad orgánica y de todas las fantasías ilusorias de inmortalidad que hemos creado durante el tiempo de vida. Para despertarnos a la verdadera vida que somos, los seres humanos necesitamos “mirar de frente los vertiginosos ojos claros de la muerte” y aceptar la transitoriedad de nuestra existencia. Desde esta perspectiva, la visión y la experiencia de la vida se transforman: ya no necesitamos afirmarnos compulsivamente frente a nosotros mismos ni frente al mundo. Cuando nos damos cuenta de que la lucha a muerte con la muerte en la que hemos convertido nuestra vida la tenemos perdida de antemano, dejamos de luchar y nos dedicamos sencillamente a vivir mientras estemos vivos.

Si la ignorancia se manifiesta como negación de la ausencia del yo-auto imagen, debemos también identificar esta negación-represión sobre la que hemos estructurado nuestro sentido de identidad. Como afirma Celaya:

¿Hay que denunciarlo? El yo no existe. El yo es un encantamiento: un aparato fácilmente manejable al que todos nuestros muertos recurren para ser de algún modo; un sistema tan milagrosa y provisionalmente oscilante que un cambio atmosférico, una palabra que nos dicen en voz baja, una emoción, una droga —quizá una película de actualidad, seguramente mala, pero siempre impresionante— alteran hasta extremos imprevisibles.

El yo-auto imagen es una construcción mental-emocional que carece de existencia real. Es un ‘encantamiento’, una hipnosis individual y colectiva, la gran mentira que tratamos de ocultarnos y de ocultar a los demás. Levantamos imperios para ocultar la irrealidad del yo pero el vacío interior está ahí siempre amenazando nuestros baluartes. Creamos dioses a nuestra imagen y semejanza como símbolos de la realidad absoluta y eterna del yo, pero el vacío sustancial persiste derrumbando tarde o temprano todas nuestras construcciones mentales. Dementes, consumimos nuestra existencia asesinando, robando, mintiendo, atesorando objetos, fama, riqueza, poder… todo en el afán de llegar a ser ‘alguien’, de convencernos a nosotros mismos y de presentarnos ante los demás como uno que ha llegado a ser ‘alguien’. Pero, finalmente, todos nuestros afanes se convierten en nada y cuando el corazón deja de latir regresamos al no-ser que siempre hemos sido. El yo no es, no existe, no es real. Pero este no-ser que somos es la vida “fieramente existiendo, ciegamente palpitando”.

  1. La Verdad del estado libre de aflicción.

La existencia humana no es un valle de lágrima. Somos los seres humanos los que, en nuestra ignorancia, la convertimos en un infierno. Si el sufrimiento evitable es creado por nuestra mente, nuestra mente tiene el poder necesario para evitarlo. Si es nuestra mente la que, en su ignorancia, ha construido un yo-auto imagen ilusorio, también tiene la capacidad de tomar conciencia de esto y disolver la fabricación.

Desde el punto de vista del budismo, todos los seres poseemos las cualidades de Buda, es decir, una tendencia innata a la bondad anterior a todo condicionamiento, un instinto-inteligencia hacia la felicidad global, la cualidad luminosa de la conciencia que nos permite darnos cuenta de nuestros errores y encontrar un camino adecuado. La naturaleza humana no es malvada, así como la ignorancia que oscurece la luz original tampoco lo es. Como Sócrates, el Buda enseñó que no hay seres malvados, sino ignorantes. La cualidad de dicha y gozo (sukkha) forma parte de nuestra naturaleza y se manifiesta cuando disolvemos los velos de la ilusión.

El camino hacia el gozo sin apegos enseñado por el budismo zen comienza con el reconocimiento de la aflicción, sigue con el descubrimiento de sus causas y continúa con la confianza en que el restablecimiento del equilibrio es posible.

  1. La verdad del camino que conduce desde la aflicción hasta su liberación.

Como afirmé en la primera parte, el tratamiento propuesto por el Buda no va dirigido solamente a la disolución de los síntomas sino a la disolución de las causas profundas, a saber, el error de percepción (ignorancia) que impide a los seres humanos adaptarse perfectamente a la realidad y vivir en ella en un equilibrio dinámico. Este tratamiento abarca los tres aspectos fundamentales de la actividad humana, a saber: mente, palabra, cuerpo. Tradicionalmente el tratamiento o camino budista reviste ocho campos de acción:

  • Visión correcta. En primer lugar, la mente humana debe corregir los errores de percepción a fin de que la representación mental subjetiva coincida perfectamente con la realidad objetiva. Esta corrección tiene lugar mediante una reflexión adecuada sobre el verdadero carácter de la realidad y pone en funcionamiento la capacidad auto reflexiva y auto correctora de la conciencia. Por ejemplo, frente a la ilusión de la inmortalidad y de la permanencia individual, el yo-auto imagen debe aceptar su propia irrealidad, su mortalidad y la impermanencia de todos los fenómenos. Otro ejemplo, frente a apego terco al yo y a lo mío, la mente debe ver y aceptar la interrelación y la interdependencia básica que une a todos los seres vivientes.

 

  • Intención correcta. ¿Cuál es el propósito de nuestra existencia? Aunque no podamos dar una respuesta exacta y convincente para todos, al menos podemos darnos cuenta de que la acumulación de riquezas, la producción y el consumo de bienes y servicios no constituye en sí un propósito de vida. Los bienes y riquezas son sólo medios, pero ¿para qué fin? La pérdida del sentido del propósito último hace que los medios se conviertan en fines. La intención correcta hace referencia a la dirección a la que apuntan todos nuestros esfuerzos. Aunque no queramos articularla en una formulación religiosa o trascendente, al menos podemos estar de acuerdo en que la felicidad global, tanto individual como colectiva, constituye un propósito suficientemente importante para movilizar todos nuestros recursos humanos. La intención correcta habla del sentido de nuestros actos en pos de una felicidad global.

 

  • Palabra correcta. La palabra es la expresión verbal de la intención. La palabra correcta hace referencia a la veracidad de nuestra expresión. Desgraciadamente, como decía el mimo y coreógrafo francés Marcel Marceau: “Las palabras expresan la mentira mejor que nada”. En el zen también se dice: “Si no quieres mentir, mejor no hables”. El dicho popular “miente más que habla” expresa algo parecido. Las palabras cargadas con los venenos de la ira, la malevolencia, el odio, o la seducción engañosa generan confusión y dolor. Aunque nuestra intención sea correcta a la hora de hablar o de escribir, corremos el riesgo de que nuestras palabras creen más confusión que comunicación. Además, olvidamos fácilmente que las palabras son sólo símbolos y no una realidad en sí. Muchas guerras y conflictos han sido desencadenados por interpretaciones distintas de las mismas palabras. Olvidamos que nuestro lenguaje, sea cual sea, no es la realidad sino un dedo que señala la luna. La realidad es una aunque existan muchas palabras para designarla. Unos pronuncian Dios, otros Jehová o Yahvé, otros Alá, otros Wanka Tanka o Gran Espíritu, otros Vacío, pero san cuales sean las palabras, la realidad es lo que es.

 

  • Conducta correcta. La conducta hace referencia al comportamiento del cuerpo, a la forma en la que nos relacionamos con los demás seres. Existe una conducta que ‘conduce’ a un estado de dicha y gozo profundos y otra que ‘conduce’ al dolor, la aflicción y el sufrimiento. No todo vale. La ley de la causa y del efecto existe y actúa en el mundo de la misma forma que la ley de la gravedad. Todo efecto tiene su causa o sus causas. Toda causa se transforma en efecto. Si escupimos contra el viento, el viento nos devolverá lo que hemos escupido. La conducta correcta enseñada por el Buda va más allá de la moral convencional. No se basa en ideas absolutas o absolutistas acerca del bien y del mal, sino en una economía existencial basada en la felicidad. Sabemos que si soltamos una manzana en el aire, ésta caerá inmediatamente al suelo debido a la ley de la gravedad universal. Esta ley no es buena ni mala, es una condición inherente al universo en el que vivimos. De la misma forma, las conductas impulsadas por la ignorancia, el odio o la codicia conducen inevitablemente a la experiencia existencial de estados desafortunados caracterizados por la aflicción y el sufrimiento y, de la misma forma, las conductas inspiradas por la sabiduría, la inteligencia, la bondad y la compasión se transforman en estados afortunados caracterizados por la paz interior, la dicha y el auto contentamiento.

 

  • Medio de vida correcto. El modo de vida -la manera como procuramos nuestro sustento- manifiesta nuestra relación tanto con el ecosistema como con el sistema socio-cultural en los que vivimos. A su vez, esta relación es la manifestación de nuestra visión de la realidad. El hecho actual es que, debido a un error de percepción, la cultura humana se ha separado y está en lucha con el ecosistema original del que ha surgido y que la sustenta. Por ejemplo, las grandes ciudades se han convertido en cánceres de los ecosistemas. Absorben a gran escala materias primas del entorno y devuelven toneladas de basuras. Al mismo tiempo que tres cuartas partes de la humanidad pasa hambre o se encuentra sub-alimentada, la obesidad se extiende como una pandemia por los países ricos sobre alimentados, al mismo tiempo que cada día se arroja a los estercoleros del primer mundo ingentes cantidades de alimentos. Las tierra cultivables disminuyen, así como su productividad, debido a la sobre explotación propiciada por una agricultura intensiva. La calidad de las aguas potables empeora. La misma capa freática ha descendido en algunos puntos de España más de cien metros en los últimos veinte años, debido a la sobre explotación de los recursos acuíferos. Los hogares del primer mundo son pulcros y relucientes, pero las aguas que corren por nuestros ríos están contaminadas a causa de los productos químicos que usamos para ‘limpiar’ nuestras casas. La lista es larga. Todo ello refleja una forma de vida incorrecta. Incorrecta no sólo en un sentido moral, sino sobre todo práctico. Nuestra forma de vida actual es impracticable y nos está conduciendo a un colapso. El planeta tierra no puede soportar la carga de seis mil millones de seres humanos siguiendo el estilo de vida propuesto por la religión del mercado.

 

  • Esfuerzo correcto. En todo proceso existencial la voluntad de trabajar para el propio bien y el bien común, así como la perseverancia en la tarea, son fundamentales para concluir dicho proceso con éxito. El esfuerzo natural forma parte de la existencia.  La pereza nos incita a dejarnos llevar por los automatismos, por los hábitos adquiridos, por la ley del menor esfuerzo. Nos justificamos diciéndonos que éste es el mundo que hemos recibido, que nosotros no somos responsables de la situación actual, etc. Olvidamos que todos somos co-responsables y que nuestros actos, por pequeños que sean, tienen un inmenso poder cuando se aúnan con otros pequeños actos. La felicidad con la que la publicidad nos promete la felicidad es un engaño. Todos sabemos que no hay duros por cuatro pesetas. Nos dejamos hipnotizar porque hipnotizados no nos vemos confrontados al ejercicio de la responsabilidad ni al esfuerzo que requiere el libre uso de la libertad. Dejamos que otros piensen por nosotros, que otros decidan por nosotros, que otros asuman la responsabilidad. “Dame pan y dime tonto”. La vida de cada día requiere un esfuerzo natural, no sólo para conseguir dignamente el sustento sino porque cada día tenemos que erguirnos desde la inconsciencia del sueño nocturno para ejercer responsablemente el don de la conciencia. La inteligencia y el discernimiento requieren entrenamiento, la ejercitación de un músculo invisible que es el que hace de nosotros verdaderos seres humanos. La felicidad no es como el producto que nos entrega la máquina expendedora a cambio de una moneda. La dicha y el gozo internos no pueden ser comprados, sino que florecen como fruto del discernimiento y de la atención.

 

  • Atención correcta. Una atención incorrecta o insuficiente es lo que se haya en la base de este error cognitivo que conocemos como ignorancia, causa principal de la angustia-ansiedad-malestar. La ignorancia es lo que nos hace remar hacia el norte cuando lo que queremos es ir hacia el sur. ‘¿Cómo es que me encuentro en el norte cuando en realidad lo que yo quería es ir hacia el sur?’ La falta de atención, la negligencia, la dejadez, el todo vale, conduce a estados desafortunados. La atención es una de nuestras cualidades más preciosas. ¿En qué la estamos usando? ¿Sobre qué la enfocamos? Debemos comprender claramente la ecuación según la cual atención = energía vital. Allí donde ponemos nuestra atención, ponemos nuestra energía vital. Estamos invirtiendo energía vital en aquello sobre lo que enfocamos nuestra atención. La publicidad y los órganos de propagación que usa la religión del mercado para inocular sus valores en las conciencias compiten entre sí por atrapar nuestra atención. Y sus métodos son de eficacia probada. Analicemos cualquier informativo de tv, de radio o cualquier periódico cotidiano. Las noticias que presentan son captadores de atención. Vemos lo que quieren que veamos. El tiempo dedicado a la fabricación de mitos deportivos suele ser el doble o el triple del dedicado, por ejemplo, a la difusión de los terribles efectos que la producción-consumo está desencadenando en el planeta. Los informativos son auténticos actos de prestidigitación. La mayoría de los redactores jefes son verdaderos ‘chirleros’ que juegan con sus cubiletes (nada por aquí, nada por allá) hasta hacernos creer que hay algo allí donde no hay nada y que no hay nada allí donde hay algo sobre lo que merece la pena enfocar la atención. La manipulación de las conciencias funciona con y requiere la manipulación de la atención. Dejarnos ir en la pereza mental es nuestro pecado de omisión. La vía del Buda enseña a cultivar conscientemente la atención porque esta es la antesala de la conciencia y del despertar. El ejercicio consciente de la atención es nuestra responsabilidad individual. Es la atención-observación la que nos hace ver que nuestros actos tienen efectos. Y que estos son benéficos o perjudiciales según sea la naturaleza misma de los actos.

 

  • Meditación correcta. Podemos entender la práctica de la meditación como el cultivo de nuestra facultad de conciencia. A veces digo que meditar en zazen consiste en sentarse y en sentirse. Sentarse quiere decir pararse, aunque sea media hora al día. Generar un espacio de calma interior, de sosiego, de reflexión serena. Sentarse quiere decir apaciguar la compulsión por la actividad, por el éxito, por el logro. Quiere decir dejar de correr detrás de algo, dejar de huir delante de algo. Al sentarnos y al generar este espacio de calma, podemos relativizar nuestras obsesiones y podemos enfrentarnos serenamente a los temores inconscientes que nos impelen a vivir como si estuviéramos huyendo de algo. Sentirse equivale a tomar conciencia de sí mismo. Sentir íntimamente el cuerpo que somos, la respiración que nos habita, las sensaciones que colorean nuestra experiencia, los sentimientos que conforman nuestros impulsos volitivos. Significa ser consciente de los pensamientos, de los miedos, de los anhelos, de las insatisfacciones y de las frustraciones que constituyen nuestra experiencia diaria. La meditación no es un lujo para sesentayochistas ociosos, para orientalistas extravagantes o para hippies trasnochados. Hoy más que nunca, tener un tiempo para meditar en silencio es una necesidad vital, una garantía de cordura individual en medio de un sistema social que confunde el norte con el sur. Sentarse y sentirse en silencio, hacerse íntimo consigo mismo, o íntima consigo misma, es una buena forma de mantener la sobriedad y de permanecer en contacto con el ser real que somos, en medio de la alienación colectiva propiciada por una religión falsa que nos lo promete todo pero que nos priva de lo esencial: la conciencia de ser lo que somos.

De “Zen en la plaza del mercado”,
Dokushô Villalba,
Editorial Kairós

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