Hacia una Cultura de la No Violencia (texto)

El sábado 7 de octubre 2017, tuvo lugar en el Centro Cultural El Pozo del Tío Raimundo, Vallecas, Madrid, una “Jornada hacia una Cultura de No Violencia”, organizada por el Círculo Espiritualidad Progresista, de Podemos. Intervenimos José Antonio Vázquez Mosquera, impulsor del Círculo, Manuela Carmena, alcaldesa de Madrid, y Carolina Bescansa, diputada en el Congreso por Podemos, y yo. Este post incluye el texto de mi intervención.

Hablar de la no-violencia implica necesariamente hablar sobre la violencia, sobre sus causas, sobre sus tipos y, de entre ellos, a cuál nos referimos cuando hablamos de violencia y de no-violencia.

Hay muchas definiciones de violencia. El diccionario filosófico de Lalande que afirma que “violencia es el empleo ilegítimo o ilegal de la fuerza”. Ilegítimo se refiere al uso moral, e ilegal a las leyes dadas en cada contexto.

Hay muchos tipos de violencia: emocional o psicológica, física, sexual, económica, estructural, políticas, de género, institucional, policial, etc.

Puesto que no soy político, ni jurista, ni sociólogo, sino un simple sacerdote budista, me ceñiré a la experiencia moral de la violencia.

Por mi ámbito de trabajo y de reflexión, me gustaría referirme a la experiencia subjetiva, es decir, al surgimiento de la violencia en uno mismo, a la reacción individual ante la violencia, a las estrategias que podemos usar para reconducir la fuerza de la violencia cuando surge en uno mismo y a la manera subjetiva de reaccionar ante una violencia externa. Y esto, atendiendo a las enseñanzas budistas y a ciertos enfoques de la psicología occidental.

Al hacerlo espero poder articular una concepción y una praxis de la no violencia desde un punto de vista budista.

AGRESIVIDAD VERSUS VIOLENCIA

En su libro “Ternura y agresividad”, mi querido amigo Juan José Albert, el psiquiatra y psicoteraputa, fallecido recientemente, sostiene que el impulso vital del ser humano, ‘l’élan vital’ de Bergson, la líbido de Freud, o el Impulso Unitario, según él, sigue una dirección unívoca hacia la relajación, el placer, el bienestar y la vida. Este impulso unitario contiene dos subimpulsos: el subimpulso tierno y el subimpulso agresivo.

El subimpulso tierno es una disposición energética de dirección centrípeta que posibilita el contacto con uno mismo, proporcionando información de los estados internos de relajación o de tensión, y, a través de ellos, de las propias necesidades y deseos, tanto a nivel físico, como emocional, intelectual o espiritual. Es la conexión con uno mismo. De su buen desarrollo y arraigamiento depende el desarrollo y arraigamiento del sentimiento de Seguridad básico, y del sentimiento de identidad, ambos la piedra angular de un desarrollo emocional y psicológico sano.

El subimpulso agresivo es la disposición energética de dirección centrífuga, que proporciona al individuo la posibilidad y capacidad para la relación externa y la autonomía en la satisfacción de sus necesidades y deseos.

Desde este punto de vista, agresividad no debe ser identificado con violencia.

Aquí los términos ‘agresivo’, agresión’ o ‘agresividad’ no revisten un carácter negativo, sino que ‘agresivo’ designa literalmente cualquier movimiento hacia delante, como ‘regresivo’ designa un movimiento hacia atrás. La neuropsiquiatra infantil Lauretta Bender, por ejemplo, hablaba de la agresividad, en su sentido original, como movimiento hacia, como acercamiento al objeto del deseo o de la necesidad, por ejemplo el movimiento decidido de un lactante hacia el pecho materno.

En este sentido, el concepto de ‘agresivo’ es mucho más amplio que el concepto de violencia. La octava aserción del DRAE define agresivo como “alguien que actúa con dinamismo, audacia y decisión”.

Es decir, si gracias al subimpulso tierno tomamos conciencia de nuestras necesidades y deseos, el subimpulso agresivo es la fuerza que nos permite ir hacia su satisfacción. En este sentido, agresividad es sinónimo de determinación y asertividad, y debe ser considerada una fuerza positiva e imprescindible para el bienestar del individuo.

Bien usada, esta agresividad o asertividad es necesaria, por ejemplo, en el instinto de nutrición, de protección, en la entrega amorosa, en la creatividad e incluso en el desarrollo espiritual. En definitiva, forma parte imprescindible de la experiencia de vida.

FRUSTRACIÓN Y EMOCIONES HOSTILES

No obstante, entre la necesidad y su satisfacción pueden aparecen impedimentos y obstáculos que no lo la hagan posible. Es entonces cuando aparecen las emociones hostiles básicas como la rabia, la ira, la cólera, el rechazo, la aversión y el odio.

La función principal de estas emociones hostiles es la de eliminar el obstáculo y la frustración asociada, para finalmente poder conseguir la satisfacción de la necesidad o del deseo.

Originalmente, estas emociones hostiles no deberían ser consideradas negativas en sí, sino la expresión de nuestra capacidad natural de sortear los obstáculos que aparecen en el camino hacia el bienestar y la satisfacción.

El problema aparece cuando la agresividad necesaria y natural se convierte en violencia, es decir, en “una fuerza que tiene como intención la de causar daño o perjuicio a otros”.

LA DINÁMICA VÍCTIMA – VERDUGO

La violencia es siempre “violencia de” y “violencia contra”. Podríamos decir que el verdugo es quien ejerce la violencia y la víctima, quien la padece. Por lo general nos sentimos muy dispuestos a señalar y denunciar la violencia cuando somos sus víctimas, o cuando la vemos en los demás, pero somos mucho más inconsciente y reacios a reconocerla cuando somos nosotros mismos quienes la ejercemos sobre otros.

Desde mi punto de vista, la no violencia no implica la renuncia a las propias necesidades o al esfuerzo y la determinación necesarias para alcanzar nuestras metas, sino a la renuncia del uso de la fuerza con el fin de dañar emocional, mental o físicamente al otro.

El sufrir violencia no nos da derecho a emplearla y, además, no es una buena estrategia para alcanzar la meta del bienestar personal y colectivo. ¿Por qué? Porque como se ha dicho hasta la saciedad y como hemos visto históricamente, la violencia engendra violencia y crea una red-trampa en la que todos los implicados quedan atrapados en una dinámica de acción-reacción.

¿JUSTICIA O VENGANZA?

A menudo se tiende a pensar que el uso de la violencia contra el violento es de justicia. Está claro que, por instinto, si vemos nuestra vida amenazada vamos a reaccionar con la mayor agresividad para defendernos, aunque ello implique una violencia que dañe al agresor. Lo llamamos agresión en defensa propia. Pero pocos de nosotros nos hemos encontrado en un caso así. A lo que me refiero es a la justicia concebida como venganza, al antiguo axioma bíblico del ‘ojo por ojo, diente por diente’. Esto es, a la pura venganza.

La venganza está basada en la creencia de que dañando o agraviando al que nos ha dañado o agraviado vamos a liberarnos del dolor y a encontrar satisfacción. Esta creencia es la que se encuentra en el origen de la espiral de la violencia. Ojo por ojo, diente por diente y, al final, todos ciegos y desdentados.

La venganza nunca repara el daño recibido sino que es causa de un nuevo daño, leña al fuego del dolor y de la desgracia.

CHIVO EXPIATORIO

Las enseñanza budistas nos conminan a renunciar a la venganza y a la proyección de nuestro dolor en algún otro. Renunciar a la dinámica del chivo expiatorio. No debemos olvidar que nuestra cultura occidental está muy enraizada todavía en los antiguos sacrificios expiatorios. En las mentalidades arcaicas, cuando la frustración, el dolor, la agresividad se apodera de un individuo o de un colectivo, alguien tiene que sufrir, alguien tiene que morir: es el chivo expiatorio. La expresión procede del hecho que, antiguamente, solía ser un chivo o un animal, la pieza sacrificial. Actualmente es aquel individuo o colectivo en quien se proyecta la frustración y la hostilidad.

ALCANZAR NUESTRAS METAS SIN VIOLENCIA

En la sensibilidad budista, la asertividad, la determinación necesaria para alcanzar nuestras metas y satisfacer nuestras necesidades, lo que podríamos llamar esfuerzo sostenido o perseverancia, son virtudes a cultivar, pero sin que esto cause daño a otros, sin coacción ni empleo de la violencia.

La no violencia budista no concierne solo a la no violencia física, sino también a la verbal y, sobre todo, a la mental-emocional. Si en nuestra mente bullen pensamientos y sentimientos de odio y hostilidad, si los alimentamos, tarde o temprano van a rebasar los diques de contención y se van a manifestar a través del lenguaje y de la acción del cuerpo.

Los preceptos budistas de no dañar moral o físicamente a otros deben ser practicados al mismo tiempo que la contención verbal. Y, sobre todo, la práctica de la meditación budista tiene como función la de drenar la mente y liberarla de cualquier pensamiento y emoción de odio y de hostilidad.

La no violencia no significa renunciar a luchar contra la injusticia, la opresión, la violencia misma, sino hacerlo sin la intención de dañar mental, emocional, verbal y físicamente a otros. Porque si a un daño añadimos otro daño, el resultado será siempre un daño mayor.

Como se dice en el Dhammapada:

“El odio de aquellos alimentan el resentimiento jamás se extingue.
Quienes no alimentan el resentimiento se liberan del odio.
En este mundo, el odio nunca se extingue por el odio; solamente se apaga a través de la compasión.
Tal es una antigua ley eterna”.

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