¿Estás “ZEN”?

Entrevista al maestro zen Dokushô Villalba.

Esta entrevista de Ana García-Piñán fue publicada en la revista Psicología Práctica, en 2009, con motivo de la primera edición mi libro  “Zen en la plaza del mercado” (Ed. Aguilar, 2008, que fue reeditado por Ed. Kairós, en 2016.

P. En Occidente “estar Zen” es algo así como estar en paz con uno mismo, pero al leer tu libro me he dado cuenta de que utilizamos la palabra con bastante frivolidad y que su significado es infinitamente más rico: ¿qué significa Zen?

R. Como bien dices, el término zen se ha puesto de moda y encontramos todo tipo de objetos de consumo llamados zen: perfume zen, ipod zen, gimnasios zen, restaurantes zen, decoración zen… Se trata de un uso abusivo e irrespetuoso del término. Zen es el nombre de una tradición budista que tiene mas de dos mil quinientos años de antigüedad, una escuela budista que tiene su origen en India pero que se conformó como tal escuela en China entre los siglos VI y VIII. Después fue transmitida a Vietnam, Corea y Japón. Literalmente, la palabra japonesa “zen” significa “recogimiento”, “interiorización” y hace referencia al estado de conciencia que se genera con la práctica de la meditación zen, llamada zazen.

P. En tu libro hablas de budismo Zen, no sé si porque hay varios tipos de budismo o porque lo diferencias del budismo como religión: ¿el budismo Zen es más un camino de crecimiento interior que una religión en el sentido de creencia en una vida después de la muerte, verdad?

R. Todas las formas de budismo tienen su origen en el fundador histórico, el Buda Sakiamuni, que vivió en el norte de India en el siglo V a.C. Con el tiempo, a medida que el budismo se iba extendiendo por distintas regiones y nuevos países fueron apareciendo nuevas interpretaciones de la enseñanza original y aparecieron distintas escuelas budistas. El budismo zen es una de estas escuelas que ha llegado a Europa procedente de Japón. ¿Es el budismo zen una religión? Depende de lo que se entienda por “religión”. Si por religión entendemos “creer en Dios”, el budismo zen no es una religión, ya que en nuestra tradición no trabajamos con la hipótesis de Dios. Pero si atendemos al sentido original del término religión, que procede del latín religare y que quiere decir, “volver a unir”, el budismo zen es una religión en el sentido de que su práctica permite que el ser humano vuelva a sentirse unido con la Totalidad.

P. De hecho, la experiencia personal es más importante que el dogma y por lo que he leído en tu libro, hay “poco” cuerpo dogmático, más bien es una cuestión de práctica, de entrenamiento mental…

R. La tradición budista zen no es una filosofía, ni una ideología ni un conjunto de creencias dogmáticas. Es sobre todo una experiencia personal. La tradición zen transmite un sistema de práctica psicofísica, la meditación, que adecuadamente ejercitado conduce a cada uno a la experiencia personal del despertar de la conciencia. A partir de esta experiencia, renovada en cada sesión de meditación, cada individuo puede crear su propia vida, asumiendo la responsabilidad de sus actos, a la luz de la conciencia despierta. En el zen se dice que todos los seres humanos somos Budas en potencia y que la práctica adecuada despierta y actualiza en la vida cotidiana el Buda que somos.

P. Invita a nuestros lectores no iniciados (o sea, a la mayoría) a que prueben sus beneficios, qué les dirías…

R. La meditación zen es muy simple. Se trata sólo de sentarse y sentirse. Sentarse en una postura corporal adecuada -como explico en mi libro-, en un estado de receptividad, de atención, sin pretender conseguir ni alcanzar nada sea lo que sea. No se trata de obtener beneficios, de conseguir algo. Sino más bien, de descansar profundamente en el no-hacer. No se trata de llegar a ser algo que no somos sino de dejarnos ser tal y como somos. La práctica del zen se basa en una profunda confianza en la naturaleza humana. Nada nos falta ni nada nos sobra. Nos dejamos ir con el vaivén de la respiración y cuando la mente se calma por ella misma, el universo entero aparece en su estado de perfección original, más allá de cualquier idea preconcebida de perfección o de imperfección.

Más que a llegar a ser alguien que no somos o a obtener algo que no tenemos, la meditación zen nos ayuda a soltar lo que no somos, lo que no necesitamos.

P. También es interesante que nos cuentes la vida de Buda porque es un gran desconocido en Occidente, aunque su biografía a veces parece más bien una fábula: vive encerrado en palacio rodeado de felicidad… hasta que descubre el dolor (ajeno, por cierto) y decide salir a afrontar la realidad y su carga de enfermedad, vejez y muerte. En realidad, su vida parece un cuento moralizante, casi una metáfora del camino del ser humano: cuando deja atrás la inocencia y la felicidad de la infancia y entra en la vida adulta. ¿O hay que tomárselo como una biografía al pie de la letra?

R. La narración de la vida del Buda Sakiamuni fue puesta por primera vez por escrito varios siglos después de su muerte. Aunque su existencia histórica está fuera de dudas, es muy probable que la historia del Buda que ha llegado hasta nosotros sea una hagiografía creada a lo largo de los siglos. Más allá de los hechos históricos, la vida del Buda es una metáfora del recorrido existencial de cualquier ser humano: su infancia transcurre en un ámbito familiar fuertemente protegido de las miserias del mundo, se divierte y crece como cualquier joven, se casa, tiene un hijo y poco a poco va tomando conciencia de la verdadera naturaleza de la existencia. Entra en contacto con el dolor provocado por la enfermedad, la vejez y la muerte y, cuando ha alcanzado todo lo que un ser humano puede desear en este mundo se pregunta: ¿es esto todo? Se da cuenta que por muy dichosos que seamos, tarde o temprano envejecemos, perdemos las facultades, el cuerpo enferma y, por último, sobreviene la muerte. La muerte es el fin de todos los sueños ilusorios. El Buda se preguntó: ¿cuál es la causa última del dolor y del sufrimiento? Y para responder a esta urgencia existencial abandonó su mundo, su palacio, su esposa, su hijo, y se retiró al bosque para meditar y descubrir la verdadera naturaleza de nuestra existencia y del malestar existencial que padecemos.

P. La dura realidad deprime al Buda en su contacto con el mundo hasta que aprende que renunciar a los placeres y alegrías puede ayudarle a encontrar una paz y una felicidad más duraderas. ¿Por qué crees que todas las culturas –también la cristiana- temen tanto a la alegría y al placer? También Buda, como Cristo, resiste a las tentaciones y tiende a anular su propio yo. Perdona que haga de abogado del diablo, pero no es un poco contra natura negarse los placeres de la vida y anular la propia personalidad? Desde la psicología moderna eso no parece sano…

R. El Buda no negó los placeres ni las alegrías de la vida. Por el contrario, el objetivo último de su búsqueda fue el verdadero gozo y la verdadera alegría. El Buda diferenció entre gozo sensorial, gozo emocional-psicológico y gozo suprasensorial. Los dos primeros tipos de gozo son condicionados, es decir, están sujetos a las circunstancias y su naturaleza es inestable y efímera. Las sensaciones y las emociones pueden ser agradables o desagradables. Muy a menudo lo agradable se vuelve desagradable y viceversa. Es imposible pasar la vida experimentando sólo sensaciones o emociones agradables. El placer es inseparable del dolor. Por ello, nuestras experiencias de gozo sensorial y emocional son siempre fugaces y después del placer nos encontramos con el dolor. Lo que el Buda enseño es que el verdadero gozo y la verdadera alegría no tienen como soportes las sensaciones ni las emociones, sino un estado de conciencia interior que permanece estable y pacífico tanto en medio de las experiencias de placer como de dolor. El Buda no negó ni rechazó el placer sensorial y emocional. La tradición budista no es ascética, pero tampoco es hedonista. El placer sensorial y el gozo emocional forman parte de la naturaleza humana pero no podemos encontrar en ellos un estado de gozo estable y duradero. Y dado que lo que anhelamos todos los seres es un estado de gozo estable y duradero, el Buda nos enseñó el camino para llegar hasta él. No se trata pues de anular la personalidad, sino de trascenderla, ir más allá de ella, incluyéndola.

P. Sin embargo, los tres estados nocivos básicos que plantea el Zen me parece que han resistido maravillosamente el paso de ¡miles! de años: el apego, el odio y la ignorancia. Seguro que todos los lectores entienden que haya que librarse del odio y de la ignorancia, pero ¿por qué es nocivo también el apego?

R. El apego es la otra cara de la moneda del odio. El amor-apego y el odio se recrean mutuamente. Nuestra actividad emocional siempre se manifiesta polarizada entre la atracción y el rechazo. Nos apegamos al “yo” y a “lo mío” y rechazamos lo “Otro”. Esta es la causa del egocentrismo, del etnocentrismo, del nacionalismo excluyente, del integrismo ideológico y religioso, sea cual sea el color que adopte. Apegarse a algo es causa de dolor y sufrimiento porque todo lo que nace, muere tarde o temprano. Todo está en continuo cambio, nada ni nadie permanece idéntico a sí mismo. Si una mujer joven y hermosa se apega a su belleza, tarde o temprano, cuando envejezca y pierda la juventud, sufrirá por ello. Lo mismo puede sucederle a un hombre joven apegado a su físico, a su virilidad o a su inteligencia. Ni la vida ni el cuerpo nos pertenecen. La vida nos atraviesa y nos conduce por un proceso de transformación continuo que termina por desembocar, como un río, en el océano de la muerte, que es la disolución del yo y de lo mío. Aquellas personas fuertemente apegadas al yo y la vida son las que sufren la agonía más dolorosa. El estado de no apego no significa no obstante “indiferencia” emocional. Cuando estamos alegres y somos felices, estamos alegres y somos felices. No tenemos porqué apegarnos a ello. Cuando estamos tristes y somos desgraciados, estamos tristes y somos desgraciados y tampoco tenemos porqué apegarnos a ello. La vida es una sucesión de alegrías y tristezas, de encuentros y de desencuentros, de pérdidas y ganancias. El no apego es la cualidad de fluir en la corriente de la vida.

P. En su largo proceso de “iluminación”, el Buda exploró su inconsciente, “mató” su yo, resistió las tentaciones, disolvió sus estados mentales nocivos… pero, si he entendido bien, eso le llevó muchos años. ¿Convertirse en Buda es sinónimo de haber crecido al máximo como persona?

R. El fin último de la práctica budista es el despertar de la naturaleza de Buda que dormita en el interior de cada ser humano. Convertirse en un Buda plenamente despierto es realizar el fin último de la naturaleza humana: desplegar las capacidades de bondad, compasión, conocimiento y poder interior. El “yo” no existe realmente. Es una autoimagen mental creada por los condicionamientos sociales y culturales. Somos mucho más de lo que creemos ser. Los estados mentales nocivos tienen que ver con el apego terco a esta autoimagen que llamamos “yo”. “Matar” el yo quiere decir darse cuenta de que no hay ningún “yo”, en tanto que entidad diferenciada de los demás seres vivos. Por ejemplo, el aire que respiro, el agua que bebo, el solq ue me caliente y me permite vivir ¿son yo o no? Convencionalmente decimos que esas cosas no son “yo”. Sin embargo, ningún “yo” podría vivir sin las aportaciones que hacen el aire, el agua y el sol. “Yo” no es algo limitado a este cuerpo individual. Nuestra piel no es la frontera entre el “yo” y el “no-yo”. El verdadero Yo es Todo porque el Todo es lo que está sustentando en cada instante la vida de esto que llamamos “yo”. La experiencia última de la vida es vivir la Unidad consciente con el Todo. Esta es la esencia de la verdadera experiencia religiosa.

P. La idea de “psicopatología” que subyace en la filosofía Zen también es muy interesante. Para Buda, la causa profunda de todo enfermedad es el deseo y sus derivadas (la avidez, la ansiedad, la avaricia, la codicia, la ambición, el apego…) y el odio (y su familia: la aversión, el rechazo, la agresividad, la cólera…). Y ambas están, además, originadas por la ignorancia. Así que esa tríada sería el origen de todo dolor, de toda aflicción. Desde este punto de vista, ¿aprender a no-desear nos ayuda a crecer como personas y a mantenernos psicológicamente sanos?

R. El Buda no negó la función del deseo en la vida humana. Para el budismo, el deseo es la manifestación de la fuerza vital misma. ¿Cómo podría ser negado? Ahora bien, lo que el Buda nos dijo fue que debemos aprender a desear con el fin de convertir la energía del deseo en fuente de verdadera paz y felicidad. El deseo es fuego interno. La humanidad dio un paso crucial cuando nuestros antepasados aprendieron a manejar el fuego. Domesticado, el fuego se convirtió en motor de progreso y civilización. No obstante, cuando el fuego campa a sus anchas se convierte en una fuerza destructora. Ahí tenemos los incendios que han destruido ciudades enteras y hectáreas y hectáreas de bosque. Lo mismo sucede con el fuego interno del deseo. Necesitamos una nueva cultura del deseo, necesitamos aprender a usar de buena forma nuestra capacidad de desear. Actualmente, las agencias de publicidad que trabajan para la religión del mercado se concentran en excitar en la gente todo tipo de deseos. El combustible del rito fundamental de nuestro tiempo -la producción-consumo- no es el petróleo sino el deseo convertido en codicia, en avaricia y ambición. La religión del mercado está incendiando el planeta al inflamar el deseo en la gente. Nadie tiene suficiente. Nadie está satisfecho. Se desea más y más y más… pero, finalmente, los recursos del planeta son limitados y no pueden satisfacer nuestros deseos ilimitados. He aquí la crisis del mundo moderno. Lo que el zen enseña es una estilo de vida basado en la simplicidad voluntaria. No es más feliz quien más tiene sino quien menos desea.

P. Y siguiendo el mismo razonamiento, ¿aprender a amar y conocer, nos ayuda igualmente en el camino del crecimiento personal?

R. No se puede amar lo que no se conoce y no se puede conocer lo que no se ama. El amor no es sólo un sentimiento sino una forma de conocimiento que nos permite darnos cuenta de una realidad inaccesible para la mente racional y para los sentidos. Ya dijo Atoine de St. Exupery que “lo esencial es invisible a los ojos”. Crecer como seres humanos es crecer en amor y en conocimiento. Pero ¿qué significa amar? Básicamente, el amor es entrega, abandono de sí, fusión con el ser amado. La meditación zen es un acto de amor porque meditando aprendemos a entregarnos, a abandonarnos, a olvidarnos de nosotros mismos. Olvidándonos a nosotros mismos podemos hacernos uno con el ser amado. Y de esta experiencia de unidad surge el verdadero conocimiento.

P. Pero, en este contexto, el conocimiento no es saber “cosas”, “materias”, sino conocer-se, explorarse ¿no? Explícaselo un poco a nuestros lectores… O sea, conocer a través del camino de la meditación…

R. Efectivamente, cuando en el zen hablamos de conocimiento no nos estamos refiriendo al conocimiento intelectual ordinario. No se trata de acumular informaciones ni de ejercitar la memoria. El conocimiento zen es no dual. En este sentido, el conocedor y la cosa conocida son no dos. Cuando nos sentamos en meditación nos volvemos íntimas con nosotras mismas, sentimos nuestro cuerpo, el latido del corazón, el ritmo respiratorio, los sentimientos y pensamientos que cruzan nuestro campo de conciencia… Nos sentimos plenamente integrados en nuestra piel, en nuestra carne, en nuestra sangre y en nuestros huesos. Nos fundimos con el ser real que somos, liberándonos así de las falsas imágenes que nos hacemos de nosotros mismos. Aprendemos a dejar de juzgarnos, de valorarnos, de compararnos, de competir con los demás. Nosotros mismos, cada uno de nosotros mismos, somos un universo completo y la meditación zen nos ayuda a vivir en el centro de universo que somos.

P. ¿En la filosofía Zen tiene sentido hablar de crecimiento personal o sólo de estadios de control mental hasta llegar (luego te preguntaré por esto) a la “iluminación” final?

R. En el zen no se habla de crecimiento personal ni de control mental. En el zen no hay nada que tenga que crecer ni nada que haya que controlar. Lo que la meditación zen nos enseña es a ser lo que realmente somos, tal y como realmente ya somos. La meditación zen no es una técnica de control mental ni de crecimiento personal. Más bien al contrario, con la práctica de zazen, las personas se liberan de las falsas representaciones mentales que se han fabricado sobre ellas mismas. Esto es como cuando la niebla se disipa y el paisaje aparece en toda su magnificencia y belleza. El paisaje siempre ha estado ahí. No hacía falta crearlo ni traerlo de ningún sitio. Aparece solo cuando la niebla se disipa. La meditación zen facilita la disolución de esa niebla que llamamos ignorancia.

P. También me ha llamado mucho la atención que lo que consideramos “lo último” en Psicología, la Psicología Cognitiva, resulta que hace tres o cuatro mil años que ya lo descubrieron los maestros Zen… Porque para ellos, la ignorancia como causa última del dolor psicológico no es otra cosa que una serie de “errores cognitivos”, ¿no? (percepción errónea de la realidad, pensamiento dualista, negar la transitoriedad de nuestros males…)

R. Exacto. El término ignorancia la traducción del japonés mumyo, que significa “no claro”, es decir, oscuro. Esta oscuridad perceptiva es un error cognitivo, un error de percepción que nos impide ver las cosas tal y como son. Por ejemplo, un hombre regresa de madrugada a su casa borracho después de haberse divertido en una fiesta. Al cruzar el jardín ve una serpiente enorme. Coge un hacha y la corta en pedazos. Después se va a dormir la mona. A la mañana siguiente decide que es un buen día para regar el jardín. Busca la manguera y … ¡se la encuentra partida en pedazos! En su ebriedad confundió una manguera con una serpiente. También nosotros, en la ebriedad producida por la ignorancia, confundimos las cosas reales con las representaciones mentales que nos hacemos sobre ellas. Esto no sería grave si nuestra manera de vivir y de relacionarnos con el mundo no se viera afectada. Vivimos como si no fuéramos a morir nunca, consumimos como si los recursos naturales fueran ilimitados, contaminamos el aire sin darnos cuenta de que así nos envenenamos a nosotros mismos, derrochamos el agua como si ni tuviera valor… en nuestra forma de vida hay un error de percepción fundamental. A esto es a lo que el budismo llama ignorancia.

P. De hecho, todo el Zen, todo el trabajo de meditación, es un entrenamiento “cognitivo”, no?

R. Sí, el camino budista es una forma de corregir los errores de percepción. La meditación zen es un sistema de seguridad, una especie de control de calidad del proceso cognitivo. Lo primero y más urgente es corregir la percepción errónea que tenemos de nosotros mismos. No somos lo que creemos ser ni lo que nos han dicho que somos. Somos lo que somos. ¿Cómo podemos saber qué somos realmente? A través de la experiencia directa de nosotros mismos, más allá de todas las representaciones. Cuando nos sentamos en zazen estamos solos con nosotros mismos, nos volvemos íntimas con nosotras mismas, estamos sintiéndonos, conociéndonos directamente, explorando nuestros sentimientos y nuestro inconsciente. Para ello utilizamos una herramienta cognitiva esencial: la atención. La vía del zen es un camino en el que se cultiva y se potencia conscientemente la cualidad de la atención. La causa de todo error cognitivo es una atención deficiente. La enseñanza del cultivo de la atención debería ser una asignatura obligatoria en las escuelas. Hoy día, gran parte del fracaso escolar se debe a una insuficiencia de atención por parte de los niños. Tienen tantos estímulos en su entorno que su atención se dispersa en todas las direcciones y no son capaces de concentrarla a voluntad. Bueno, esto no le sucede sólo a los niños, también a los adultos.

P. Y como al psicoanálisis, veo que le interesan más las causas que los síntomas, ir a la raíz de los problemas…

R. En el zen se dice que no hay que preocuparse por las flores ni por las ramas sino que hay que ir directamente a la raíz. La cultura de usar y tirar, la superficialidad y la vanalidad que caracterizan a nuestras sociedades de producción-consumo sólo atiende a lo evidente, a los síntomas. Si sentimos angustia existencial lo que queremos es quitarnos rápidamente la molestia consumiendo ansiolíticos, drogas, alcohol o comprando compulsivamente. La publicidad promete el paraíso en treinta segundos si adquieres el producto anunciado. Incluso se atreven a decir que si no eres feliz te devuelven el dinero. Cuando algo va mal nos resistimos a mirar profundamente en sus causas y tratamos de evadirnos. De ahí la cultura del entretenimiento que nos crea la ilusión de vivir en el mejor de los mundos posibles. Pero tenemos que ser conscientes de que tarde o temprano todos vamos a morir, uno por uno. Tarde o temprano tendremos que enfrentarnos al momento inevitable en el que nuestra existencia individual llega a su fin. Por lo que sabemos, somos los únicos seres vivos con conciencia de nuestra propia muerte. Y esta es la causa fundamental de nuestra angustia existencial, seamos o no conscientes de ello. ¿Qué sentido tienen nuestras experiencias de vida cuando llega el momento de morir? El gran tabú de nuestra cultura ya no es el sexo sino tanatos, la muerte. Pareciera que hemos creado un sistema cultural sólo para negar la realidad de nuestra fragilidad y vulnerabilidad ante la muerte.

P. Y también se adelantó a la Psicología Humanista cuando nos señala la importancia de dotar de sentido a nuestra vida, ¿no? ¿Cuáles son nuestros principales aliados para dotar de sentido a nuestra vida desde el punto de vista de la tradición Zen?

R. Desde la antigüedad, el budismo ha señalado lo que el neurólogo y psiquiatra austríaco Viktor Frankl ha puesto de relieve en los tiempos modernos: que el ser humano es, antes que una mente racional, un animal dotado de conciencia y que esa conciencia le insta a darse cuenta, a buscar y a vivir de acuerdo a un sentido. De una lectura interesada de Darwin se podría extraer la conclusión de que el único sentido es la lucha por la supervivencia y que en esta lucha sólo vencen los más fuertes. Esto ha dado lugar a una especie de darwinismo social como el que profesan los neoconservadores. Otros, como el científico Jacques Monod, han afirmado que el azar y la necesidad son las fuerzas que dirigen la vida. Esta actitud da lugar a un pesimismo existencial que conduce a un callejón sin salida, al suicidio individual y colectivo. Para el budismo, el sentido último de la vida humana no es otro que el estado de gozo, de paz y de felicidad, pero no entendido en un sentido hedonista o materialista. Se trata, como he dicho antes, del verdadero gozo. Si nos observamos, todo lo que hacemos tiene como fin último el sentirnos mejor. La experiencia de la felicidad es definida de forma distinta por los distintos seres vivos pero lo que nos une a todos es precisamente el hecho de tender hacia ese estado de gracia al que llamamos felicidad o gozo vital. Es importante no olvidar que nuestra meta última es ser lo más felices posible. El budismo zen es una economía de la felicidad. Aspiramos a una felicidad global, plena, una felicidad que incluya a todos los seres vivientes, sean cuales sean sus creencias, sus etnias, sus géneros, el color de su piel o la lengua que hablen.

P. ¿Qué actitudes mentales cultiva el Zen?

R. La meditación zen desarrolla dos actitudes básicas: la estabilidad y la lucidez. Estabilidad en el sentido de calma profunda frente a la realidad siempre cambiante. Estabilidad, o ecuanimidad, frente al incesante oleaje emocional. Paciencia en el sentido de no reactividad compulsiva frente a los estímulos. La lucidez es la cualidad más preciada de la conciencia. Hace referencia al hecho de darse cuenta. La meditación zen es una fábrica de darse cuenta, una fabrica de producción de conciencia. La calma emocional nos da libertad para responder adecuadamente a los estímulos. La lucidez nos permite comprender y tomar conciencia de las situaciones.

Teniendo como bases la estabilidad emocional y mental y la lucidez, la meditación zen nos permite abrirnos interior y exteriormente, expandiendo nuestro campo de conciencia más allá de las fijaciones y obsesiones que caracterizan nuestro carácter neurótico. La experiencia de apertura total a la vida nos da confianza, una confianza básica en que, sea lo que sea que nos ocurra, todo está bien y todo es tal y como tiene que ser.

P. Dices que los pilares del sentido de nuestra vida desde este punto de vista Zen son la conducta ética, la meditación y la sabiduría; me gustaría que le explicaras un poco a los lectores qué beneficios pueden obtener con la práctica de la meditación.

R. La conducta ética se refiere a la forma de vivir: en qué y cómo usamos nuestro tiempo y nuestra energía vital, cómo nos vivimos en el cuerpo, qué hace, cómo se comporta el cuerpo; qué palabras pronunciamos y desde qué estado emocional lo hacemos; qué clase de pensamientos alimentamos; cómo nos ganamos el sustento; cómo usamos los bienes, etc. En definitiva, la conducta ética habla de la sabiduría aplicada a la vida: cuál es la mejor forma de vida, la más justa, la más solidaria, la más armoniosa.

La meditación en zazen es el espacio que nos concedemos para hacer las paces con nosotras mismas, para entrar en nuestro reino interior y mantener una relación íntima, real y profunda con el ser que somos. Nos aporta la interiorización necesaria para permanecer en contacto con la profundidad de nuestra experiencia subjetiva, con nuestros verdaderos anhelos, o miedos, o necesidades.

La sabiduría es la visión iluminada que brota de la meditación. Gracias a esta nueva visión más clara y lúcida comprendemos mejor como vivir de la mejor forma posible. Los tres aspectos se retroalimentan.

¿Qué beneficios puede tener esto? Bueno, la pregunta me hace sentir como un vendedor de coches y no tengo la intención de vender las excelencias del Zen. La cosa es muy sencilla. No pretendo convencer a nadie de nada. La cuestión es sentarse y sentirse, aprender a hacerlo. Y después, que cada uno y cada una decida por sí mismo, por sí misma.

P. La meditación es un ejercicio de introspección muy poderoso que requiere entrenamiento y trabajo: para liberarse de las sensaciones, de las emociones y de los pensamientos. Me gustaría que trataras de explicar qué le queda a uno en la cabeza cuando se ha librado aparentemente de sus contenidos habituales. Es difícil de imaginar para los profanos…

R. ¿Cómo le explicarías a un ciego de nacimiento la cualidad del color rojo? ¿Cómo explicarías a alguien que nunca la ha probado que el agua del mar es salada? Hay cosas que sólo se comprenden mediante la propia experiencia. El estado de conciencia habitual es como un cielo siempre nublado y en constante movimiento. Las nubes van y vienen, son densas o sutiles, rosas o grises… pero la mente ordinaria está siempre cubierta de contenidos mentales. Con la meditación aprendemos a situarnos más allá de todos los contenidos mentales, sensoriales y emocionales. Es como cuando volamos en avión. Ascendemos, ascendemos, atravesamos la capa de nubes (a veces con turbulencias) y por último alcanzamos el cielo abierto, limpio y resplandeciente en el que sólo la luz brilla inundándolo todo. A alguien que nunca haya volado en avión esto puede sonarle a ciencia ficción pero aquellos que lo han experimentado saben que es cierto.

P. ¿Esa iluminación es sinónimo de felicidad? ¿En qué consiste la felicidad en el contexto Zen?

R. El budismo distingue distintos niveles de intensidad en la experiencia del gozo-felicidad. En primer lugar está la felicidad sensorial, que tiene como base y condición las sensaciones agradables. En segundo lugar está la felicidad emocional-psicológica, que tiene como base y condición estados mentales y psicológicos agradables y positivos. Estos dos primeros niveles de felicidad con condicionados y efímeros. Al depender de factores transitorios, la felicidad resultante es igualmente transitoria. Aunque los seres humanos aspiramos legítimamente a la felicidad sensorial y emocional-psicológica, no podemos encontrar un verdadero estado de bienestar basándonos exclusivamente en ella, ya que por su propia naturaleza es efímera. El anhelo de felicidad que nos motiva no puede quedar satisfecho exclusivamente con el tipo de felicidad sensorial y emocional-psicológica. La inquietud espiritual es una aspiración a un tipo de felicidad más profunda, estable y duradera. El budismo enseña que podemos acceder a este estado de felicidad, llamado sukkha, en sánscrito. Este estado de gozo que no depende de las circunstancias es una de las características de la experiencia de la iluminación.

P. Me gusta mucho el planteamiento “colectivo” que tiene el Zen de la felicidad, en el sentido de que como todos los seres formamos parte de la misma realidad, la meta de todos nuestros esfuerzos no puede ser otra cosa que el bien común, ¿no?

R. Si somos sensatamente egoístas no tenemos más remedio que trabajar por la felicidad de todos aquellos que nos rodean. Nadie puede ser realmente feliz en medio de un mundo desgraciado. Nadie puede construirse una isla de felicidad personal en medio de un océano de dolor y de sufrimiento. Por ello, desde el punto de vista del budismo zen, trabajar por el bien de los demás significa trabajar por el propio bien y trabajar por el propio bien es trabajar por el bien de los demás. Todos somos uno y todos estamos unidos, más allá de las aparentes diferencias.

P. Ese es un planteamiento elevado por solidario, pero un lector puede decirnos: meditando no se acaba con el hambre en el mundo. ¿Qué le dirías?

R. ¿Cuál es la causa del hambre en el mundo? La estupidez humana. Cada día se arrojan a la basura toneladas de alimentos en buen estado en los países desarrollados. La obesidad es una epidemia en las sociedades opulentas. Nuestro estilo de vida está basado en le derroche, en el consumo irresponsable. Alguien que haga de la meditación zen una constante en su vida comienza a darse cuenta de lo que es realmente necesario y de lo que resulta superfluo. Al no buscar ya la felicidad en la adquisición de bienes externos sino en el cultivo del auto contentamiento interno, los practicantes zen adoptan la sobriedad como estilo de vida. Y el consumo responsable es la mejor muestra de solidaridad que podemos hacer con respecto a aquellos que mueren o enferman por no disponer de lo humanamente necesario.

P. No sé muy bien si el Zen es más una filosofía de vida o una religión, pero me gustaría preguntarte si tiene algún planteamiento para después de la muerte.

R. El Zen no es una filosofía puesto que sus planteamientos no surgen de la especulación intelectual, aunque su manifestación adopta a veces una forma filosófica. Tampoco es una religión al uso, en el sentido de que no está basado en un conjunto de ritos, creencias o dogmas. Pero si atendemos al significado etimológico de la palabra religión – que procede del latín religare: volver a unir- el Zen es una religión en cuanto que es un camino que vuelve a unir al individuo humano con la totalidad de la vida. Es una vía que conduce a la experiencia de la Unidad Fundamental, la cual es la esencia última de todas las religiones. También en Occidente se tiende a asociar la práctica religiosa con la creencia en la vida después de la muerte. Esto es un prejuicio etnocéntrico. Con respecto a la cuestión del más allá de la muerte, el budismo Zen se sitúa en un punto intermedio entre el eternalismo -o creencia en la vida eterna del individuo- y el nihilismo – o creencia en la desaparición total de la vida.

P. En tu libro explicas los “niveles” de meditación y los “lugares psicológicos” con los que se va trabajando (haré un recuadro para completar la entrevista), pero ¿cuáles dirías que son los “síntomas” infalibles que nos hacen ver que hemos culminado la experiencia Zen, la luz que hemos de ver al final del camino…?

R. Las cualidades más importantes de la experiencia de la iluminación o despertar son el Pleno Gozo Interno, la Visión Penetrante que percibe la verdadera naturaleza de la realidad y la Compasión por todas las formas de vida. Estas cualidades se manifiestan necesariamente en la vida cotidiana, de forma que la actitud y el comportamiento cotidiano del practicante de meditación es la prueba más evidente de su despertar interno.

P. El título del libro me llamó mucho la atención al principio porque parece que nada más lejos que la meditación y una plaza del mercado… Después, leyéndolo, he visto que el título tiene sentido porque el fin último de la meditación no es aislarse y disfrutar de un nirvana particular sino reintegrarse y compartir con los demás esa experiencia. Ese es el objetivo final o lo es el hecho de liberarse del dolor, del sufrimiento y de la aflicción…?

R. La liberación del dolor y de la aflicción personal no es más que un paso previo o un medio hábil necesario para alcanzar la liberación del dolor y de la aflicción de todos los seres vivientes. El voto principal que hacemos los budistas al comprometernos con la práctica de meditación es el de trabajar por el bien de todos los seres vivientes. Y puesto que el ser viviente que cada uno tiene más cerca de sí mismo es uno mismo, pues trabajamos por nuestro propio bien, para empezar, y continuamos trabajando para el bien de todos. Esto quiere decir que la meta del budismo zen no es la felicidad personal. Vivimos en el seno de una vasta red de relaciones con los demás seres vivos. Jesucristo volvió a la plaza de los pueblos después de haber pasado cuarenta días retirado en el desierto. No se quedó viviendo como un eremita, absorto en la fusión con Dios o con la Realidad Inefable, sino que regresó allí donde estaban los seres humanos y curó a los enfermos de cuerpo y de alma, y expulsó a los mercaderes del templo. El título de mi libro hace referencia, por una parte, a esta necesidad de vivir la espiritualidad en la vida cotidiana, en el seno de nuestras relaciones. Y, por otra, hace referencia a la urgente necesidad de despertar los más genuinos y profundos valores espirituales en medio de un sistema social que ha convertido el mercantilismo en la razón de ser de la existencia humana. De nuevo, el Cristo que somos cada uno debe arrojar a los mercaderes del templo a fin de que prevalezcan los sentimientos e intuiciones más genuinamente humanos y que podamos recuperar el carácter sagrado de nuestra existencia y de todos los seres vivos.

P. Y una última cuestión, ¿no es un precio demasiado alto librarse de todos los deseos, alegrías, placeres y pensamientos… para poder eliminar los negativos?

R. El budismo zen no niega ni rechaza los deseos, las alegrías y los pensamientos. A lo que nos enseña es a no apegarnos a ellos. Necesitamos una nueva cultura del deseo. Necesitamos aprender a desear a fin de que la tremenda fuerza del deseo sea puesta al servicio de la verdadera felicidad individual y colectiva. La exacerbación de los deseos individuales, sean cuales sean, sea al precio que sea, es la estrategia del marketing y de la publicidad puestas al servicio de un sistema de producción y consumo irresponsable que no sólo no nos está aportando una verdadera felicidad sino que es tremendamente injusto, insolidario y que está destruyendo la naturaleza. O aprendemos a desear o perecemos.

 

 

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