Enteógenos y espiritualidad

Entrevista realizada por José Carlos Aguirre a Dokushô Villalba

Junto a sus evidentes potencialidades psicoterapéuticas las experiencias que procuran las sustancias visionarias tienen una relevancia que va bastante más allá de lo estrictamente psíquico. La relevancia ontológica de las nuevas pautas perceptivas que se sirven, la textura de lo real y su interdependencia respecto de la conciencia son todos ellos asuntos que están en el primer plano de este tipo de experiencias. Tales horizontes nos llevan directamente de la mano a las eternas cuestiones del espíritu, del pensamiento así como a las posibilidades de experiencia de la conciencia humana. Tanto será así que la integración de las intuiciones y estados que sirven estas sustancias vendrá necesariamente de la mano de un acercamiento a las diversas vías de las diversas tradiciones espirituales. Desde lo dicho se entenderá la importancia de esta entrevista y de que el Maestro Zen Dokushô Villalba se brinde a exponer sus criterios respecto este tipo de experiencias.

Ed: Ernst Jünger en Pasados los setenta reflexiona sobre la idoneidad de las sustancias visionarias o enteógenos a la hora de interpelar a los hombres acerca del sentido numinoso y espiritual de la existencia humana. Para Jünger el modo de vida contemporáneo, tan agitado, materialista y apartado de lo espiritual, convertiría a los enteógenos, desde la rotundidad de sus efectos, en el revulsivo capaz de catalizar aperturas en la dirección del espíritu. De ahí la actualidad que para Jünger tales experiencias terminarán por tener en el siglo XXI. ¿Qué opinas de esta reflexión?, ¿qué pueden aportar estas experiencias al hombre de hoy en día?, ¿cabe integrar la radicalidad de la experiencia que brindan estas sustancias en el desarrollo interior del hombre contemporáneo?

D.V: El uso apropiado de los enteógenos puede ayudar al hombre de hoy a entrar en contacto con la esencia espiritual de la realidad pero creo que la población en general sigue sin estar preparada, psicológica y espiritualmente, para apreciar y usar el poder y los estados de conciencia generados por estos aliados ancestrales de la humanidad. La experiencia inducida por los enteógenos sólo adquiere sentido en ciertos contextos de significados, de experiencias, de formas de vida. Los valores que rigen la civilización occidental en estos momentos no sólo no favorecen el acceso y la integración de los estados expandidos de conciencia sino que los niega y los criminaliza. La prueba es que sustancias que ancestralmente han sido consideradas y usadas como puertas hacia lo numinoso y hacia la liberación, hoy en día, son usadas como soportes de conductas adictivas que conducen directamente al infierno y a la disgregación psicológica y espiritual. Ahora bien, en la medida en la que grupos reducidos de personas, preparadas psicológica y espiritualmente, dotadas de contextos apropiados de significados, usen e integren el poder transformador de los enteógenos, éstos podrán ir teniendo una influencia indirecta cada vez mayor en la sociedad, a través de estos pioneros de la exploración de la conciencia. Por ejemplo, en el Japón medieval, eran pocos los que practicaban meditación zen, sin embargo, el budismo zen llegó a impregnar gran parte de la sociedad y de la cultura japonesa tradicional. Unos cuantos granos de azúcar pueden endulzar un vaso de agua.

Ed: Las intuiciones y los estados que tales experiencias brindan, por coherencia con lo vivido, llaman a su actualización en nuestra vida corriente. ¿En este sentido cual sería la relevancia de la psicoterapia y del enfoque psicológico a la hora de abordar la integración de los efectos de los enteógenos? ¿Consideras relevante lo que estas experiencias pueden aportar a la psicoterapia?

D.V: No sólo considero relevante lo que éstas experiencias pueden aportar a la psicoterapia sino también lo que las psicoterapias pueden aportar a estas experiencias. El apoyo es biunívoco. Para poder adentrarse en los vastos territorios de la conciencia que abren los enteógenos, es imprescindible contar con una buena estructura emocional y psicológica. Lo que el chamán yaki Don Juan llamaba “disponer de un buen tonal”, de la misma forma que un avión que tiene que volar a diez mil metros de altitud necesita un fuselaje impecable y bien integrado. Allá arriba, la presión es muy fuerte. Si el fuselaje no estuviera perfectamente encajado, estallaría y se disgregaría por los aires. Y esto es lo que puede sucederle a alguien que se adentra en los estados expandidos de conciencia (EEC) sin una integración emocional y psicológica adecuada. Y esta integración es que la que aporta el trabajo psicoterapéutico.

En el sentido contrario, los enteógenos pueden ser usados como excelentes herramientas para la exploración y la transformación de la personalidad, del carácter, de los viejos traumas enquistados en el inconsciente y, al mismo tiempo, abren el techo de la psicoterapia llevando al explorador más allá de sus estructura psicológica, en términos de Don Juan hacia el nagual, hacia la esencia espiritual que se haya, por naturaleza, libre de todo condicionamiento. Ciertos enteógenos ya se están usando con éxito en procesos de psicoterapias y creo que, en el futuro, cuando estas sustancias sean, al menos parcialmente despenalizadas, constituirán una herramienta fundamental en nuestra sanación emocional y psicológica individual y colectiva.

Ed: Al hilo de lo dicho, ¿en qué medida habría de considerarse para la integración de tales efectos un método que transcendiera el trabajo más estrictamente psicoterapéutico para adentrarse en enfoques más espirituales, iniciáticos o transpersonales? ¿En qué medida el enfoque espiritual y el psicológico son complementarios?

D.V: Como he dicho antes, considero que el equilibrio psicológico es imprescindible para adentrarse en el reino espiritual o invisible. Los EEC son estados de desidentificación, de liberación del anclaje psicológico. En este sentido provocan una conmoción considerable en la estructura de la personalidad e incluso una fuerte disgregación. Esta tremenda fuerza centrífuga y disolvente tiene que estar necesariamente contrarrestada por un principio de identidad claro y sólido, por un poder centrípeto que es el que coagula al individuo alrededor de una autoconciencia individual. Después del “vuelo”, el psiconauta necesita aterrizar, es decir, encontrar una tierra sólida que le de soporte y le permita recuperar su “cordura”. Esta tierra firme viene dada por una estructura psicológica sana e integrada.

No obstante, los EEC trascienden con mucho el marco estrictamente psicoterapéutico y pueden constituir una auténtica iniciación espiritual, es decir, una puerta de entrada a la realidad invisible que está más allá de cualquier condicionamiento, incluido del parámetro del tiempo-espacio. Digamos que para experimentar sin riesgo de disgregación fatal el aspecto incondicionado de nuestro ser, necesitamos estar bien ajustados en nuestros aspectos condicionados.

En muchas culturas actuales, la ingesta de enteógenos sigue siendo la modalidad principal de iniciación espiritual. En nuestra propia cultura occidental, los misterios de Eleusis, a los que fueron iniciados figuras tan importantes en el desarrollo del pensamiento occidental como Platón, Aristóteles, Plotino, y otros muchos, fueron ritos de iniciación espiritual en los que la ingesta del cornezuelo del centeno constituían la experiencia central. Esto está muy lejos del abuso de las sustancias, por un lado, y de la criminalización indiscriminada, por otro, que se hace en nuestros días. Pero si, por ejemplo, nuestras sociedades actuales crearan el contexto de significados apropiados y rituales adecuados en los que nuestros jóvenes mayores de edad fueran iniciados por psicoterapeutas o psiconautas expertos, la adicción a las drogas dejaría de ser uno de los principales problemas de salud pública y el uso racional de los enteógenos se convertiría en fuente de salud psicológica y espiritual.

Ed: Huxley y Jünger mantuvieron cierta polémica sobre los modos de integración de los usos de estas sustancias. Huxley consideraba como deseable el uso a gran escala de estas sustancias sobre la base de un formado y sincero interés por lo espiritual. Jünger, en cambio, abogaba por un uso vehiculado a través de entornos específicos a la altura de ciertos saberes y estableciendo ciertas cautelas y restricciones. ¿Cuál es tu opinión al respecto?

D.V: Mi corazón, es decir, mi deseo, estaría más cerca de Huxley, pero mi sentido común y la constatación de la realidad actual me acercan más a la posición de Jünger. No creo en el uso a gran escala de los enteógenos porque, repito, ello requeriría un contexto de significados compartido por la mayoría de la población. Y esto está muy lejos de la situación actual. Creo más bien en un desarrollo progresivo, en pequeños grupos minoritarios de personas adecuadamente motivadas, que de una forma u otra elaboran contextos de significados apropiados, que reciben las formas de rituales tradicionales o crean sus propios rituales modernos, que se acercan con respeto, con prudencia a los EEC. Por lo general, aquellos que se acercan de esta forma a los enteógenos son personas cultas que quieren seguir creciendo espiritualmente y que suelen desempeñar roles claves en el tejido social: artistas, músicos, escritores, terapeutas, guionistas, productores de cine o de tv, responsables de la salud pública, etc. En la medida en la que esta vanguardia aprende a adentrarse con seguridad en los EEC y a integrarlos en sus vidas cotidiana comienzan a crear una nueva cultura, un nuevo contexto de significados que expresan y expanden a través de su oficio.

Lo que sí considero importante es la despenalización de estas sustancias y el reforzamiento de campañas de concienciación no puritanas ni represivas que eviten el abuso o el uso indiscriminado. Debemos tener muy claro que la penalización indiscriminada de los enteógenos no obedece a criterios de salud pública sino que constituye una auténtica caza de brujas a través de la cual el contexto de significados imperante trata de protegerse y de perpetuarse a sí mismo. El materialismo y el mercantilismo actuales no sobrevivirían ni una década si la población expandiera sus conciencias a través de un uso racional de los enteógenos.

Ed: Ponderas tanto la valoración de las transmisiones tradicionales como la necesidad de lenguajes y marcos rituales acordes con nuestra cultura. Por lo que a este tema se refiere lo cierto es que encontramos una gran diversidad que esconde tanto iniciativas orientadas como pura confusión e incluso negocio. ¿Cabe trasladar sin más los lenguajes y rituales chamánicos a un medio cultural occidental? ¿Cómo y en qué medida podemos inspirarnos en toda la experiencia acumulada por las tradiciones chamánicas sin por ello caer en el circo del neochamanismo de la New-Age?

D.V. La clave está en una adecuada actualización de la esencia y de la forma de las transmisiones tradicionales. Esta actualización requiere de al menos dos elementos básicos: en primer lugar que un occidental sea verdaderamente iniciado, a través de las formas tradicionales a la experiencia fundamental, y que, a partir de esta experiencia, este occidental sea capaz de desarrollar la creatividad necesaria para que esa experiencia sea presentada en un lenguaje y sea facilitada a través de formas rituales adaptadas o actualizadas a la época actual. Conozco bien la situación porque yo mismo me encuentro inmerso en ella. He recibido una formación budista zen tradicional, he practicado y aprendido en el marco monástico zen japonés que es casi medieval. Al retornar a España y tratar de transmitir lo aprendido me di cuenta enseguida que la forma tradicional japonesa no era operativa ni inteligible para mis coetáneos. Por ello, me veo inmerso en un proceso de reactualización de los contenidos y de las formas. A menudo comparto estas preocupaciones con amigos y colegas que se encuentran en la misma situación aunque en otros contextos. Gente que ha aprendido con chamanes sudamericanos, con lamas tibetanos, con maestros sufis y que se dan cuenta de que no basta con traer las formas rituales “extranjeras” tal cual. Necesitan una actualización. No obstante, esta actualización no puede ser una improvisación o una invención, sino que debe tener sus raíces en una profunda comprensión y experiencia de las formas tradicionales.

La experiencia fundamental del Conocimiento Ultimo es una y universal, más allá del tiempo y del espacio. Lo que han hecho los grandes guías como Buda, Lao-tsé, Jesucristo, Mahoma y otros avatares no ha sido ni más ni menos que actualizar (volver actual) o encarnar en un tiempo y en un espacio concreto esta verdad universal.

La eficacia y la profundidad de la actualización dependen pues de la profundidad de la experiencia del actualizador y de su creatividad. Esto está muy lejos de la pura imitación, de las improvisaciones desenraizadas y de la búsqueda de clientela.

Ed: Sobre las experiencias que deparan estas sustancias se ha advertido su fuerte capacidad para el deslumbramiento y, por eso mismo en tanto contrapartida, su fuerte capacidad desequilibrante a nivel psicológico. ¿Desde tu punto de vista cuales serían las problemáticas más importantes asociadas a tales experiencias?

D.V: La personalidad, la estructura psicológica, está básicamente constituida por mecanismos de defensa. Estos mecanismos aseguran la continuidad psicológica del sujeto, del individuo, es decir, de la autoconciencia o de la imagen de sí. Estos mecanismos son necesarios, aunque una excesiva defensividad aísla al individuo del mundo y lo recluye en la prisión de un yo acorazado. Estos mecanismos no sólo nos defienden de las amenazas exteriores sino que, sobre todo, nos defiende de nuestras propias pulsiones o de contenidos que se haya en nuestro propio inconsciente. Por lo tanto, nuestros propios mecanismos de defensa son los que nos impiden acceder, por ejemplo, a la memoria de un trauma pasado y al hacerlo, nos impiden también tomar conciencia de él y sanarlo. Gran parte del trabajo en psicoterapia consiste en vencer o burlar los mecanismos de defensa del paciente para poder llevarlo hasta la raíz oculta de su problemática. Este es un trabajo muy delicado. Los mecanismos de defensa no pueden ser dinamitados sin más. Necesitan ser desmontados poco a poco o sustituidos por otros más amplios y flexibles. Los enteógenos pueden hacer saltar por los aires los mecanismos de defensa sin que el sujeto esté psicológicamente preparado para afrontar la experiencia.

Por otra parte, la ausencia de referencias conocidas durante los EEC puede llevar al explorador a estados de angustia, de ansiedad, de desmembramiento, parecidos a brotes de esquizofrenia o de psicosis temporales. Personas con semillas ocultas de esquizofrenia o de psicosis pueden vivir estos estados de forma especialmente trágica y su psicosis latente puede emerger con fuerza, incluso uno vez que los efectos de la sustancia han pasado. Por ello, toda la prudencia es poca. Toda exploración debe contar con las garantías necesarias, el acompañamiento apropiado y el momento oportuno.

Ed: Se habla del buen y del mal viaje… Huxley reivindicaba la integración creativa de los supuestos malos viajes a la vez que cuestionaba tales categorías. ¿Cual es tu opinión al respecto?

D.V: No hay un solo tipo ni un solo grupo de causas de los llamados malos viajes. A la hora de emprender una exploración hay que tener en cuenta al menos tres factores: En primer lugar, la calidad y la pureza de la sustancia a ingerir, así como la dosis más adecuada para el momento. Algunos malos viajes son provocados por la mala calidad de la sustancia, porque está deteriorada o ha sido adulterada. También puede ser porque la dosis ha sido excesiva, más potente que la que el explorador podía integrar en ese momento. En este punto, cada uno debe hacerse responsable de sí mismo, no sobrepasar el límite natural que le marca el momento y procurar asegurar la calidad de la sustancia.

En segundo lugar, hay que tener en cuenta el contexto marcado por las circunstancias. Cada exploración requiere un entorno adecuado, seguro, confortable, un tiempo sin agobios y una compañía propicia. Algunos malos viajes vienen dado por un contexto inapropiado o por una compañía desafortunada.

En estos dos aspectos citados, creo que debemos hacer todo lo posible para asegurarnos un “buen viaje”.

Sin embargo, existe un tercer factor que es fundamental. A saber, el estado interno del explorador, su predisposición, su estado emocional y psicológico, su motivación, su valentía, su entereza psicológica, etc.… Especialmente la motivación, el propósito con el que se inicia la exploración, es determinante. El propósito actúa como una flecha que arrastra la conciencia y la experiencia hacia el blanco fijado, evitando la dispersión y el ganduleo por la psiques. El propósito es una intención que protege la integridad en medio del caos.

No obstante, aunque estos tres factores hayan sido reunidos, puede surgir un “mal viaje”. Pero en este caso, este mal viaje estará provocado sobre todo por la confrontación con nuestras zonas oscuras, la sombra. Este pasaje es inevitable y todo explorador debe atravesar una y otra vez su propia sombra, hasta integrarla y reconciliarse con ella. Digamos que hay malos viajes evitables y otros que son inevitables. A veces estos últimos no tienen por qué ser considerados malos viajes, aunque se pase mal, sino verdaderas iniciaciones a lado oscuro de la conciencia.

Ed: Se habla de la capacidad de los enteógenos para suscitar estados parapsicóticos, estados disociativos, estados expandidos de conciencia, intuiciones de estados espirituales, el llamado estado de conciencia testigo… ¿A que nos estamos refiriendo con esto? ¿Qué irrumpe de la mano de los efectos de los enteógenos?

D.V: No creo que los enteógenos tengan especialmente la capacidad de hacer emerger la conciencia testigo. Los enteógenos con psiquedélicos, es decir, catalizadores de la psique. Los enteógenos no aportan nada que la psique no tenga ya. Lo que hacen es catalizar las capacidades o las actitudes propias de cada mente. Por ejemplo, una persona que nunca haya practicado ni experimentado la conciencia testigo difícilmente la experimentará con los enteógenos. Estos son potenciadores, repito, de lo que cada uno lleva. Si alguien ha desarrollado la mirada interna, a través de la meditación o de cualquier otra práctica, los enteógenos potenciarán esta mirada interna. Si alguien entra en una experiencia enteogénica con una mente dispersa y confusa, los enteógenos aumentaran esta dispersión y confusión. Por ello, el propósito y la actitud interior son determinantes a la hora de entrar en los EEC.

Uno no se vuelve más consciente por el simple hecho de tomar estas sustancias mágicas. Es cierto que uno accede a una cantidad de información mucho mayor que en los estados ordinarios de conciencia. Pero el asunto no es la cantidad de información de la que se dispone, sino qué uso se hace de ella, cómo se integra, cómo se articula. Es en este punto en el que la preparación psicológica y espiritual previa a la experiencia, y la posterior integración juegan un papel determinante.

Ed: De acuerdo a lo dicho, ¿cómo valorarías las imágenes internas que suelen  brindar tales experiencias?

D.V: Los EEC son muy parecidos a los estados oníricos y sus contenidos muy similares a los de los sueños. Según las enseñanzas budistas, los contenidos oníricos pueden ser de tres tipos: en primer lugar, los relacionados con las experiencias ordinarias recientes, con lo que hemos hecho en el día de hoy, o ayer o el año pasado, es decir, proceden de la actividad del yo consciente. Estos son los más superficiales y los menos interesantes; en segundo lugar, los que proceden del inconsciente profundo –ya sea individual, colectivo o cósmico-. Por ejemplo, los enteógenos usados en el marco de un proceso psicoterapéutico permiten acceder a traumas relacionados con nuestra biografía personal que permanecen ocultos a la conciencia ordinaria. Más allá de la propia biografía personal, es posible acceder a contenidos del inconsciente colectivo e incluso universal. Aquí podemos entrar en contacto con una gran cantidad de información. Podemos visitar los reinos animales, vegetales y minerales, los reinos del submundo de los que habla la tradición chamánica universal. Podemos conectar incluso con informaciones contenidas en el ADN. También es posible entrar en contacto con los reinos sutiles, el supramundo o los estados celestiales. Los diseños de muchos de los templos y edificaciones sagradas, de cualquier tradición, por ejemplo, las pirámides de Meso y Sudamérica, son visiones obtenidas por los hombres y las mujeres de conocimiento en sus vuelos espirituales, en gran parte inducidos por enteógenos.

Muchas de las imágenes que aparecen en los EEC proceden de este nivel. Las imágenes visuales son las formas a través de las cuales nuestro cerebro representa estas informaciones que, en su propia naturaleza, no son necesariamente visuales.

Por último, ciertas imágenes proceden directamente de la fuente espiritual, del verdadero ser esencial. Estas son imágenes muy cargadas de significado que pueden transformar completamente la vida del que las experimenta. Podríamos hablar de ellas como de auténticas iluminaciones.

Ed: Otra de las cosas que maravilla de tales experiencias es ese mirar regenerado en el que todo parece vivo. ¿Cual sería la relevancia y el sentido de esa mirada?

D.V: Hay que decir que no todos los enteógenos ni todas las experiencias enteogénicas conducen necesariamente a esta experiencia de “unidad con el latido de la vida en todo”. A veces, es la muerte y la sombra, o el submundo lo que aparece. Los hongos psilocíbicos, la ayahuasca, el mismo LSD, o el MDMA pueden inducir esta experiencia de conexión con la vibración esencial de la vida. Cuando esto sucede, salimos de nuestra burbuja racional y sentimos cómo vibran cada una de nuestras células al unísono con cada una de las células y de las partículas elementales del cosmos. Suele ser una experiencia expansiva, liberadora, muy gozosa. Una inmersión en la confianza básica en la vida, en la bondad fundamental que sostiene el cosmos, en la belleza que lo impregna todo. Una mirada así tiene necesariamente profundas repercusiones en la estructura de la personalidad, habitualmente cerrada sobre sí misma, haciéndola más flexible, más abierta, más confiada y bondadosa. No obstante, como dice el dicho: “Después del éxtasis, la colada”. Después de un EEC de este tipo queda todavía trabajo por hacer en el aquí y ahora, en nuestra vida cotidiana. Suele suceder que después de una gran expansión viene una gran contracción. Después del éxtasis, tenemos que volver a aterrizar sobre el duro suelo de la vida cotidiana. Pero, si la experiencia es adecuadamente integrada, su repercusión continúa a lo largo del tiempo porque aquello que ha sido abierto, aunque eventualmente se cierre de nuevo, no vuelve al punto inicial.

Ed: Se ha afirmado que una de las potencias más importantes que brindan estas experiencias es su capacidad para la conciliación de contrarios (interior-exterior, cuerpo-mente) a través de la modificación o expansión de conciencia. Tal capacidad para la integración de contrarios, ¿qué relación tiene con el desarrollo de la conciencia?

D.V: Digamos que la naturaleza básica de la realidad es no-dualista. La visión dualista es fruto de un condicionamiento cognitivo característico de ciertas formas culturales, como la nuestra. Lo que los enteógenos propician -aunque no necesariamente sucede esto en todos los casos-, es un descondicionamiento de nuestra percepción limitada. Podríamos comparar en este sentido el efecto de los enteógenos con la acción del sol sobre la bruma. Cuando hay bruma, la visión es muy limitada. No sabemos realmente qué hay más allá de un metro, sólo podemos tener una visión de corto alcance. Cuando sale el sol, la bruma se disipa. Entonces aparecen las montañas y los ríos que siempre han estado ahí. No es el sol el que “crea” las montañas y los ríos. Lo que hacen los rayos solares es disipar los obstáculos que nos impedían ver que las montañas y los ríos siempre han estado ahí. De la misma forma, los enteógenos no reconcilian los opuestos. Lo que hacen es disolver la percepción condicionada que nos impedía ver que la realidad es no-dos. Y esta experiencia de la unidad fundamental tiene una estrecha relación con el desarrollo de la conciencia porque una conciencia atrapada en la dualidad es necesariamente una conciencia limitada, restringida, opacada e inexacta. La conciencia dualista es como ese sol que vemos desde dentro de una espesa capa de bruma. Un sol limitado. Ahora bien, cuando la bruma desaparece, nos damos cuenta de que el sol irradia por todas partes y su luz penetra hasta el más recóndito rincón de la realidad.

Ed: La música se está convirtiendo en uno de los referentes privilegiados a la hora de servir un encuadre a estas experiencias. Pienso en los ícaros[1] del daimismo o en las catarsis y estados emocionales que intentan inducir ciertas músicas del alma. También me viene a la cabeza la llamada música espejo que proporcionando un suelo no interfiere en demasía la experiencia de cada cual. Por otro lado las tradiciones chamánicas junto a estas músicas del alma han sabido atender al valor del silencio[2]. La importancia que se está dando a la música como contexto natural de toma suscita diversos debates. Hay quienes destacan el emerger del propio psiquismo en un silencio ritualizado. Otros en cambio apuntan la necesidad de un contexto musical que arrope más al psiconauta a través de esas músicas espejo. Finalmente también hay quien, en una línea más de musicoterapia, destaca la necesidad de recrear a través de la música determinados estados emocionales que profundicen en la evolución del alma. ¿Cuál es tu postura sobre todos estos debates?

D.V. Depende de lo que se quiera obtener de la experiencia, es decir, depende del propósito. Creo que todas las opciones que has citado son aceptables y válidas. El psiconáuta que propone y dirige la sesión debe tener claro en qué franja de la conciencia quiere trabajar y exponerlo así a los participantes. Si el trabajo va a ser de exploración emocional, una música apropiada ayuda enormemente a evocar emociones ocultas o reprimidas. Si el trabajo va a ser más meditativo o contemplativo, la música apropiada puede ayudar también, aunque esta debería ser alternada con grandes espacios de silencio. Hay músicas que favorecen la desestructuración necesaria del discurso racional. Otras apoyan estados de contemplación. Otras intervienen en la re-estructuración final también imprescindible… Depende lo que se quiera. Personalmente, dado que mi área de trabajo no es la psicoterapia, prefiero una alternancia de músicas que ayudan a emprender el vuelo y conducen la conciencia a un estado contemplativo, con grandes espacios de silencio en los que sea posible conectar con la “música de las esferas”, esa sinfonía inefable y vibracional que lo inunda todo. No obstante, no todo el mundo puede permanecer en largos espacios de silencio sin extraviarse en los vericuetos de las creaciones mentales y sin perder el estado de Presencia continuo, es decir, de alerta y despertar. Por ello, los chamanes utilizan a veces instrumentos musicales simples pero de una gran calidad e intensidad vibratoria, como maracas, sonajas, cuerdas, pitos, flautas, tambor, etc. A través del uso adecuado de estos instrumentos, el conductor de la sesión trae continuamente la mente de los participantes a la experiencia inmediata, al aquí y ahora, evitando que la conciencia sea absorbida por la imaginería subjetiva. Un uso consciente de música “encapsulada” y reproducida por un lector de cd, por ejemplo, puede tener el mismo efecto.

Ed: Algo que llama la atención de los investigadores es la capacidad de estas sustancias a la hora de cuestionar nuestra identidad y nuestra identificación con todo ese flujo de emociones y pensamientos que consideramos como propios. Como maestro zen, ¿quiénes somos realmente más allá de toda esa actividad racional y emocional?

D.V: Más allá de esa incesante actividad mental, sensorial, emocional somos un perfecto vacío luminoso, inmutable, atemporal e incondicionado. En esencia somos un no-ser. Como dice el Tao Te King: “La fuente del ser es el no-ser”. La experiencia del “no-ser” es un agujero blanco en el tiempo y en el espacio en el que se disuelven todas nuestras identificaciones limitadas. “Ni esto ni aquello” como se dice en el Vedanta Advaita. A veces, la intensidad y la cantidad de estados tan diversos, contradictorios y caóticos que se experimentan en ciertos EEC nos obligan a soltar nuestras identificaciones y seguridades habituales y a fluir en una corriente caleidoscópica imposible de controlar o de dirigir. Para las mentes no preparadas, esta imposibilidad de aferrarse a nada puede provocar estados de angustia, de paranoia, de miedo a la locura; puede desencadenar reacciones de control neurótico… y conducir directamente al infierno, al mal viaje. Es como cuando una ola gigantesca te coge y te lleva, revolviéndote en todas las direcciones. Sin embargo, cuando el explorador puede soltar sus amarras y dejarse llevar en la confianza básica, este aluvión de visiones, sensaciones, percepciones, emociones etc. se convierte en una ayuda al soltar todas las identificaciones y a acceder a la conciencia testigo. La conciencia testigo es como un espejo que no rechaza ni se aferra a nada. La naturaleza del espejo es precisamente un vacío omniabarcante y omnireflectante, un no-ser desde el que brota con inmenso poder creador la multiplicidad del ser y de los fenómenos.

Ed: ¿Pueden constituir tales experiencias una vía interior de por si o exigen más bien la integración y el encaje de las mismas en una serie de prácticas concretas tales como la meditación?

D.V: Los EEC nunca han sido, en ninguna tradición, una vía en sí misma, sino un aspecto, un factor importante, un catalizador dentro de un camino iniciático mucho más complejo. Recordemos, por ejemplo, el caso de Carlos Castaneda y Don Juan. El camino de conocimiento o de despertar espiritual incluye necesariamente otras prácticas previas a las experiencias puntuales de EEC y también prácticas posteriores que permiten la integración de esos estados. La meditación, por poner un ejemplo, es una vía de realización completa en sí misma, pero que puede ser reforzada puntualmente, bien por un proceso psicoterapéutico, bien por experiencias concretas de EEC inducidos por los enteógenos, aunque no necesariamente. La meditación aporta una disciplina mental, corporal, emocional y espiritual que es de gran ayuda en los EEC y, al mismo tiempo, es una excelente herramienta de integración posterior de estos estados. Desde mi punto de vista, es un error grave considerar los EEC inducidos por los enteógenos como un camino en sí mismo.

Ed: Si no me equivoco indicas la idoneidad de las técnicas de meditación a la hora de encarar la propia experiencia con visionarios o enteógenos. ¿En qué medida esto es así? ¿Cómo y por qué orientan la experiencia las técnicas meditativas?

D.V. Una experiencia larga en la práctica de la meditación no orienta necesariamente las experiencias visionarias. La orientación de las experiencias visionarias viene dada por el propósito, por la sustancia, por el conductor, por el grupo, etc. La experiencia en meditación afecta sobre todo a la actitud interior , es decir, a la forma como el psiconauta se relaciona con los contenidos, a su reactividad a estos contenidos, a su capacidad de integrarlos. En pocas palabras, lo que la meditación desarrolla es la Conciencia Testigo, es decir, la capacidad de permanecer consciente de lo que se está experimentando sin reaccionar compulsivamente ante ello. La Conciencia Testigo aporta objetividad, des-identificación, ecuanimidad, claridad, libertad con respecto a los contenidos. Esta capacidad de auto-objetivar los contenidos de la propia experiencia se encuentra en la base tanto de la sanación emocional como del despertar espiritual. Uno de los problemas con el uso de enteógenos es que la conciencia de las personas no experimentadas puede ser fácilmente aturdida por la enorme riqueza, por la cantidad ingente de información que de pronto aflora a la conciencia. El oleaje puede ser percibido como una catástrofe inminente. En medio de este maremoto, la conciencia puede convertirse en un trozo de corcho azotado por fuerzas sobrehumanas. En estos casos, la conciencia desconecta y se sumerge en la inconsciencia. El psiconauta cae en un ensueño profundo y, por lo tanto, se vuelve incapaz de sacar provecho de la experiencia. En este caso, la sustancia actúa como un narcótico. Y, si bien es cierto que este estado de narcosis es lo que buscan algunas personas que recurren a los enteógenos, esta situación no tiene nada que ver con el uso de los entéogenos como aliados del Despertar espiritual y de la sanación emocional. Para que una experiencia sea enriquecedora y significativa es fundamental permanecer con los ojos del Espíritu perfectamente abiertos.

Ed: Stanislav Grof utilizó los enteogenos en la Checoslovaquía de los setenta con enfermos terminales con unos resultados sorprendentes. Estas sustancias se revelaron tremendamente eficaces a la hora de ayudar a encarar la muerte de una manera más serena. Muchos terapeutas han reivindicado su uso a la hora de abordar determinados miedos y en especial el miedo a la muerte. ¿Cuál es tu perspectiva sobre este asunto?

D.V: Mi experiencia y mis investigaciones teóricas de los últimos años me han hecho comprobar que ciertos enteógenos facilitan la experimentación consciente del miedo rey de todos los miedos que es el miedo a la muerte, el miedo a la propia disolución. En un sentido amplio, podríamos decir que todos los EEC son de alguna forma experiencias de “muerte”, puesto que nos obligan a ir más allá de la identificación ordinaria con un yo limitado.

Hay ciertas sustancias que pueden acercar al explorador al proceso mismo de muerte biológica y psicológica. No olvidemos que una de las traducciones del término “ayahuasca” es precisamente “la liana de los muertos”. En todas las culturas tradicionales, el rito de iniciación a la adultez es una experiencia de muerte-renacimiento.

Actualmente, un neuropsiquiatra neozelandés, afincado en Londres, de nombre Carls Jansen, ha puesto a punto una terapia de muerte-renacimiento en la que usa la ketamina. Esta terapia va dirigida en principios a curar drogadicciones y, en particular, el alcoholismo. Es una terapia legal que se sigue en un hospital público, subvencionada por el Estado. En mi experiencia, la ketamina administrada en circunstancias apropiadas, dentro de un contexto de significados adecuado, es la sustancia que más nos acerca a la experiencia física, psicológica y espiritual de la muerte. El Dr. Jansen ha puesto en evidencia que las fases del viaje con ketamina son muy similares a las fases de las experiencias cercanas a la muerte (ECM), que en los últimos años han sido tan estudiadas en Occidente. Sincrónicamente, estas fases son también muy similares a las descritas por los libros tradicionales sobre el buen morir, como el Libro Tibetano de los Muertos, por ejemplo. Al mismo tiempo, estas fases coinciden en un grado muy alto con los estados superiores de conciencia generados por la meditación budista.

En los últimos años se está dando en España, y en Occidente en general, un movimiento ciudadano que trata de recuperar la experiencia de la muerte como una de las más importantes y significativas del ciclo vital del ser humano. En este sentido, siento que una práctica de preparación a la muerte apoyada en sustancias tales como la ketamina o la ayahuasca pueden hacer una contribución considerable a nuestra manera de entender y de abordar la muerte y, por lo tanto, la vida.

[1] Reciben el nombre de ícaros las invocaciones que en forma de canciones, salmodias o himnos se suelen cantar en las ceremonias que contextualizan el uso de visionarios o enteógenos. Por regla general tales invocaciones manejan pautas arquetípicas de evolución del alma.

[2] Si bien es cierto que el silencio caracteriza los usos más iniciáticos de los enteógenos en las culturas tradicionales no es menos cierto que las tomas más comunitarias, y en esa medida con gente menos experta, se afianzan en músicas, salmodias, cánticos y recitaciones diversas.

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