Apartarse a sí mismo y promover a los demás.

Estoy terminando la traducción y los comentarios del capítulo del Shôbôgenzô titulado Ryûgin, el Canto del Dragón, del maestro zen Eihei Dôgen. Será publicado en unos meses por Ediciones Miraguano, dentro de la colección ‘De Corazón A Corazón’. Aquí publico, en primicia, la traducción de un párrafo y mis comentarios.

Texto

Siendo así, la pregunta del monje, “¿suena el canto del dragón en el árbol seco?” es una pregunta que aparece por primera vez en incontables eones. Es la expresión de la verdad. La respuesta de Touzi “lo que yo enseño es el rugido de león en el cráneo” significa “uno mismo debe apartarse siempre y promover a los demás”; significa “los campos están llenos de esqueletos”.  

Comentarios

Para Dôgen, la pregunta de este monje es un hito, la primera vez en la historia del Buddhadharma que alguien plantea una cuestión tan relevante. La considera “expresión de la verdad”[1]. La primera vez que se asocia, identificándolo, el canto del dragón con el Dharma del Buddha. Como expuse en la introducción, la costumbre popular china asociaba el canto del dragón al miedo, a la tristeza por la pérdida, a la desolación, a la soledad que inspiraba el sonido que produce el viento invernal cuando atraviesa las ramas muertas de un árbol seco. En este sentido, ‘canto del dragón’ es sinónimo de ‘muerte’.

Este monje fue el primero que planteó la pregunta: ¿acaso el Dharma del Buddha no se está manifestando también en el canto del dragón? y, al hacerlo, puso de relieve que el canto del dragón no es algo negativo sino un verdadero canto de despertar. ¿Qué es el despertar si no ver y comprender el ciclo completo de la vida y de la muerte, aceptarlo entregándose a él y viviendo el nirvana incondicionado en el seno del ciclo de la vida y de la muerte, o samsara?    Shoji soku nehan (j), “la vida muerte es el nirvana”, era una de las expresiones favoritas del maestro Dôgen. Shoji: el ciclo de nacimientos y muertes, el samsara; soku: es, identidad total; nehan: nirvana, lo no nacido y no extinto. Este es un principio fundamental del buddhismo mahayana, a diferencia del buddhismo theravada, para el que samsara y nirvana son dos realidades separadas y, por lo tanto, el samsara es algo de lo que hay que liberarse y el nirvana algo que hay que alcanzar.

La respuesta del maestro chan Touzi[2] fue “lo que yo enseño es el rugido del león en el cráneo”. El rugido del león es el Dharma del Buddha. El cráneo es la vidamuerte, el samsara, el mundo condicionado de las apariencias en el que todo está continuamente naciendo y muriendo. No podemos encontrar el Dharma del Buddha más que en este mundo. Si la vidamuerte no produjera dolor y sufrimiento a los seres humanos, no habría surgido el Dharma del Buddha en este mundo.

Para Dôgen, la frase de Touzi significa apartarse a sí mismo y promover a los demás. Esta expresión es un dicho estándar del Chan chino que el mismo maestro Touzi utilizaba a menudo, como en este diálogo

“Un monje le preguntó al maestro Touzi:

– “Mañjuśrī fue el maestro de los siete Buddha. ¿Quién fue el maestro de Mañjuśrī?

El maestro respondió:

– Uno debe siempre apartarse a sí mismo y promover a los demás.

Apartarse a sí mismo y promover a los demás es exactamente lo contrario de promoverse a sí mismo y apartar a los demás, que es lo que sucede mayormente en la época actual, en la que impera la filosofía egocentrista o individualista. La ideología individualista se basa en tres principios: 1º. Yo; 2º Yo; 3º. Yo. Esta es la era del individualismo narcisista, en la que el individuo se considera el centro y la medida del universo. La sociedad humana es considerada como una lucha entre individuos por la satisfacción de sus intereses individuales. El entorno natural es concebido por una inmensa reserva de materias primas cuyo fin es solo satisfacer los deseos inagotables de los individuos. La libertad individual es consagrada como el bien supremo. A esto se le llama neoliberalismo político y económico. Sus consecuencias son la desvertebración social, la destrucción del medio natural que sustenta la vida misma de los individuos. Una locura. Este individuo moderno, narcotizado por su inflación narcisista, quiere vivir siempre en la cresta de la ola, forever young. No quiere ni oír hablar del canto del dragón en el árbol seco y le aterra el rugido del león en su propio cráneo. El Dharma del Buddha es como el rugido del león que nos hace darnos cuenta de que, debajo de la piel, debajo del rostro intervenido por la cirugía estética, somos un cráneo pelado destinado a convertirse en polvo. Los límites del crecimiento económico, la realidad de la impermanencia (todo lo que nace, muere) es el rugido del león que rompe en pedazos los sueños omnipotentes del individuo narcisista y de la sociedad creada por él (y que lo crea).

Todos somos peregrinos en tránsito. Estamos de paso por esta vida. No hemos venido a quedarnos para siempre. Formamos parte del ciclo de nacimiento, desarrollo, decaimiento, decrepitud y muerte. Estamos aquí porque las generaciones que nos han precedido han preparado el camino que estamos transitando y nos han dejado paso. Nuestros propios padres han preparado y allanado nuestro camino de vida y, después, se han apartado para darnos paso. Nuestra generación actual también debe generar las mejores condiciones de vida para las generaciones que vienen, también debemos apartarnos y dejar paso, promover a los que vienen.

Durante la ceremonia de transmisión del Dharma el discípulo recibe un báculo de su maestro, entre otros objetos rituales, y es entronizado en el asiento del Buddha. Al ser entronizado adquiere una gran responsabilidad respecto a las generaciones precedentes de Buddhas y Ancestros, y también respecto a las generaciones actuales y futuras. Es elevado al trono del Buddha y reconocido como un hijo espiritual, como un sucesor del Buddha. Este ritual puede llegar a ser tremendamente peligroso. El ascenso al trono del Buddha significa “apartarse a sí mismo y promover a los demás”. El riesgo de que el joven maestro lo viva como una autoafirmación egoica es muy grande. El ego de un maestro espiritual es el más peligroso de todos ya que queda oculto por el olor a santidad. Este empoderamiento en el Dharma puede ser fácilmente confundido con un empoderamiento del yo. Siendo así, el joven maestro confundido corre el riesgo de utilizar su posición para engrandecerse a sí mismo. Hoy día aparecen muchos escándalos de maestros buddhistas -y no buddhistas- que usan su autoridad y su influjo para satisfacer deseos disfuncionales, para cometer abusos de poder, abusos sexuales, usos fraudulentos de los bienes de la comunidad, etc.

En el Zen, la esencia de la transmisión es apartarse a sí mismo y promover a los demás, es decir, la misión de un maestro zen no es la de engrandecerse a sí mismo y empequeñecer a los demás, sino la contraria, apartarse a sí mismo y ayudar a que los demás realicen su naturaleza de Buddha.

Un maestro zen no es nada ni nadie fuera del linaje espiritual del que ha sido designado sucesor. El individuo se aparta a sí mismo y da paso, promueve, transmite el patrimonio espiritual que ha recibido. Un buen discípulo se aparta a sí mismo y promueve a su maestro, de la misma manera que un buen maestro se aparta a sí mismo y promueve al discípulo. Yo no sería quien soy ni estaría haciendo lo que estoy haciendo si no fuera por mis maestros, y por lo maestros de mis maestros. El Dharma del Buddha no es de mi propiedad. No lo he inventado yo. Mi función es solo la de transmitirlo. Un maestro zen es un funcionario del Dharma, vive en función de y para la transmisión del Dharma que ha recibido. No usa el Dharma para su propio engrandecimiento. Por eso, en la tradición zen, cuando los maestros enseñamos, debemos tener siempre en cuenta a nuestros maestros, y a todos los que nos han precedido.

Al mismo tiempo que promueve el Dharma transmitido por sus maestros, el maestro zen promueve a sus discípulos, ayudándoles a crecer en conciencia, en dignidad y en sabiduría. Un maestro zen es solo un eslabón que une a los Buddhas del pasado con los Buddhas del presente y del futuro, en una larga cadena que es mucho más importante que su vida individual.

Apartarse a sí mismo es promover a los que nos han precedido y promover a los que nos sucederán. Los discípulos deben aprender a rugir como cachorros de león primero y, como leones fuertes y maduros, después. Para ello, deben dejar que el rugido de león del Dharma del Buddha les atraviese.

Dôgen afirma también que la expresión del maestro Touzi “lo que yo enseño es el rugido de león en el cráneo” significa “los campos están llenos de esqueletos”. Esta expresión, creada por el maestro chan Guishan[3], se hizo muy popular en el Chan chino. Quiere decir que todos somos calaveras, que el mundo está lleno de calaveras. Escribiendo estas palabras soy una calavera pensante. Leyendo estas páginas eres un esqueleto lector.

El maestro zen japonés Sôjun Ikkyu[4] (1394-1481) fue un monje iconoclasta y excéntrico. Su estilo de vida, su pensamiento y su obra pictórica y artística escandalizó a la jerarquía religiosa de su época. Se llamaba a sí mismo “Nube Loca”. Una de sus colecciones de poemas y prosa poética más famosas se titula Gaikotsu (j), ‘Esqueletos’.  En ella encontramos lo siguiente:

Mis merodeos hicieron que me topase con un templo abandonado en medio del campo. Entré en el templo con la intención de pasar allí la noche. Me embargó una profunda soledad y era incapaz de conciliar el sueño. Poco antes del amanecer, caí en un estado de duermevela y soñé que retornaba a la parte trasera del templo. Allí encontré un grupo de esqueletos que estaban realizando diversas actividades, actuando del mismo modo como lo harían en vida. Mientras permanecía atónito contemplando aquella visión, uno de los esqueletos se acercó a mi y dijo:

En verdad, de la memoria no queda rastro,

Todo es un sueño pasajero.

¡Qué vida tan aciaga e insulsa la mía!

“¡Todavía respiramos!” dicen orgullosos,

Mientras contemplan indiferentes

Cadáveres al borde del camino[5].

Más adelante, Ikkyu exclama: “¿Quién de entre nosotros es algo más que un esqueleto?”

Con el tiempo, esta obra fue ilustrada por manos anónimas con multitud de esqueletos realizando las tareas comunes de los seres humanos vivos: maestros zen sentado en su púlpito dando enseñanzas de Dharma, mujeres yendo al río a buscar agua, niños jugando, jueces juzgando, campesinos y comerciantes en las casas de placer, geishas sonrientes, etc. Todos esqueletos. Es como si Ikkyu, en su visión, tuviera rayos X en sus ojos y pudiera ver más allá de la piel, de la carne, de los músculos. La visión penetrante de vipassana es parecida a tener rayos X en los ojos: ves más allá de las apariencias. Por lo general, cuando te miras en el espejo no te ves como una calavera. Ves el color y la textura de tu piel, la forma de tus pómulos, el color y el brillo de tus ojos. Cuando te enamoras tampoco ves el esqueleto de la persona amada, no ves la calavera que hay debajo de su hermoso rostro. Nadie se enamora de un esqueleto, aunque en Andalucía existe la expresión “me muero por tus huesos”.

Todos somos esqueletos andantes. Tarde o temprano la piel, la carne y los músculos se secarán. Los ojos perderán su fulgor, la forma se deformará.  Perderemos la masa corporal y las cuencas de los ojos se vaciarán. Y el canto del dragón aullará atravesando nuestra calavera seca.

¿Te resulta deprimente? ¿Te asusta el canto del dragón en el árbol seco? ¿Quieres cerrar este libro, arrojarlo lejos y dedicarte a algo que te sea agradable? ¿Quieres huir de la verdad o mirarla de frente?


[1] “Expresión de la verdad” es la traducción de 話頭 huatou (ch), watô (j), literalmente: ‘palabra clave’. Un wato es como un koan, pero mucho más corto. A veces los koans son diálogos entre maestro y discípulo. Un huatou es una frase o una pregunta corta que es usada como soporte en el que concentrar la mente durante la meditación sedente. La práctica del huatou fue inventado por el maestro chan chino Dahui Zonggao (1089–1163), miembro de la escuela Linji (ch), Rinzai (j).

[2] Maestro chan Touzi Datong (ch), Tôsu Daidô (j), 819-914.

[3] Guishan Da’an (ch.), Isan Daian (j), 793-883, uno de los sucesores del maestro chan Baizhang Huaihai (ch), Hyakujô Ekai (j), 720-814.

[4] Ver Zen Hilo Rojo. Iluminación, amor y muerte del maestro zen Ikkyû Sôjun, edición de Pedro Castro, en la colección ‘Textos de la Tradición Zen’, publicada por esta misma editorial.

[5] Op, citt.

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1 Comment Apartarse a sí mismo y promover a los demás.

  1. Enrique

    El maestro Dokuso me encanta cuandoescribe. En este caso me mete la cabeza en el pozo de la muerte y cuando me encuentro al fondo con el espejo y veo la verdad al observar mi cara calavera , ya puede soltar la mano, porque contemplo absorto la verdad , permaneciendo quieto, callado y agradecido. Gassho.

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